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viernes, 11 de septiembre de 2020

Sobre la pintura de un bar de Buenos Aires

No es algo que pueda descuidarse, ni que se pueda beber, ni lavar, ni arrugar. 

No se usa para tomar sol, ni para salir a pasear.

No es bastón, ni almohadón, ni piedra, ni tacita.

Para usarlo, primero debe tomarlo con cuidado, pues es sumamente frágil, y después de contemplarlo colocarlo en un lugar seco y fresco,  fuera del alcance de los niños. 

No es una copa de cristal, ni un remedio.

Debe ocupar un lugar importante, pero escencialmente debe estar a su vista.

Es probable que recuerde muchas cosas si lo observa atentamente: tiene historia. 

Si se acerca y mira con atención casi podrá sentir el alma del artista.

Olerá a minutas y a cafés con leche y seguramente también escuche el grito del mozo y su puño golpeando el mostrador.

Si pasa cerca de donde lo tiene guardado querrá mirarlo, pero se aconseja elegir los días apropiados. 

Si usted se siente más o menos, ese día no caiga en la tentanción, porque puede que le produzca algún decaimiento con un poquito de ganas llorar. 

Es poético.

Está lleno de detalles que lo emocionarán y puede ser que rememore a sus padres y a sus abuelos, o tal vez, a alguien en especial.

Mirarlo es como ver una vieja Buenos Aires y vaya a saber cuántas historias:  hombres sentados tomándose un café abandonados a su suerte, otros devorando el plato del día con un miñóncito en una de las manos y la sección de empleos en la otra. Encuentros de prometidas felices luciendo su anillo,  esa  loca del barrio, que ocupa siempre el mismo lugar y tal vez tristes desencuentros

No es muy grande el dibujo, pero es inmenso.

Cada tanto, vale la pena tratar de sentir el olor de su papel y de la tinta y hasta acariciarlo, pero luego, por favor, con muchísimo  esmero vuelva a guardarlo entre las hojas de un libro hasta que lo pueda enmarcar y colgarlo, con orgulloso, en un lugar especial

miércoles, 9 de septiembre de 2020

El Beso Perfecto

Manuela y su hija estaban sentadas en la galería. Era una tarde de octubre y el aire de primavera era muy agradable. Compartían unos mates en silencio, cada una en su mundo. Manuela escuchaba el barullo que hacían los pájaros al atardecer. Le encantaba ver el vuelo decidido de las palomas que saben a dónde van y para qué, a diferencia de otros pájaros que vuelan desordenadamente, girando y dando vueltas. En medio de ese éxtasis primaveral, su hija le preguntó, así, sin más, el nombre de su primer amor. Manuela se quedó mirándola por unos segundos, sonriente y le dijo que había sido un chico que se llamaba Juan y que lo había conocido sobre el final de su adolescencia. Eso fue lo único que Julieta quiso saber,  porque no hizo más preguntas y se echó en una reposera con su celular.

El primer amor de Manuela estaba hecho de rulos que le caían sobre la cara y se movían, al ritmo de sus pasos, subiendo y bajando como si fueran resortes mágicos. Juan era rubio, no era muy lindo, pero era muy inteligente y simpático. Casi todo de él la había deslumbrado, pero sobre todo su andar suelto, su modo espontáneo de transitar la vida.

Juan vivía en una casa derruida, con un jardín que tenía el pasto tan alto que  estaba a punto de transformarse en bosque.   Eso también le había encantado: que él viviera libre de formalidades. Ella todavía cree que eso hace a las personas más interesantes y amables – en el sentido de que pueden ser amadas-

Manuela y Juan nunca fueron novios y todo lo que había imaginado con él, que no había sido poco, un día se deslizó por su cara sabiendo a mar. En ella, esa costumbre de llorar persiste, aunque a veces dice que llora de cansancio.

Juan permaneció en el recuerdo como su primer amor y la vida continuó dando vueltas y más vueltas, sobre todo, cuando intentando ser un poco más feliz, tuvo que rectificar algún camino. Manuela se casó, tuvo una hija, y se divorció. 

Juan tenía una sonrisa muy dulce y una canchera inocencia. Fue un amor especial.

Lo había visto por primera vez un domingo a la tarde, en un bar que tenía el piso lleno de cáscaras de maníes. Maníes, que antes de crujir en el suelo estaban dentro de un barril. Había ido con sus dos mejores amigas: Natalia y Mariana.

El lugar se llamaba Reina Victoria y era una casa antigua ubicada al lado de la Municipalidad. Los domingos a la noche, en una pantalla gigante, proyectaban películas. Esa vez fue "Volver al Futuro". Juan también estaba con sus  amigos y todos tenían algún sobrenombre: El Alemán, Pino, El Tano. 

Como en el bar no había más gente que ellos, después de la película compartieron una mesa, tomaron algo y se divirtieron hasta que les avisaron que tenían que cerrar. A partir de ese encuentro se hicieron amigos, muy amigos, y hacían diferentes programas en grupo: iban al dique, al río, se juntaban a tomar mate y los domingos  a Reina Victoria a ver alguna película.

Juan había sido su primer amor y también su mejor beso.

Ella no sabía bien qué hacer: era amiga de Juan, pero él era su amor. Se cuidaba de no dar señales de que le gustaba. En honor a su escrupulosa y muda educación en relación al sexo,  al amor y a casi todo,  se esforzaba por disimular, innecesariamente.

En algunas reuniones, Manuela lo miraba mientras se imaginaba que sólo tenía que ir  caminando hacia él y besarlo: tan fácil como eso. Juan la trataba amorosamente, pero ella no sabía si esa actitud significaba un sentimiento especial hacia ella.

Una noche en el baile del club, durante los lentos, la sorprendió por detrás, la tomó de la mano y la llevó a la pista. Estaba feliz, nunca había estado tan próxima a sus rulos, ni a su piel, ni a su cuerpo. Se abrazó a él, para su sorpresa, sin pudor. Él solía conversar mucho, pero bailó en silencio.

Luego de un rato fue Juan quien la abrazó un poquito más y la miró. Casi habían dejado de bailar, se miraron de frente, cerca y se fueron acercando más, hasta que se dieron un beso, un beso perfecto. Uno tan lindo que durante muchísimos años fue el mejor de su vida. Manuela estaba tan contenta que en ese momento, el mundo desapareció. Con el tiempo supo que el mundo siempre desaparece en los instantes de felicidad.

Juan fue su primer amor, su beso perfecto, pero también el primer amor no correspondido.

A la semana siguiente, la escena del beso se repitió, casi de manera idéntica. Habían ido a bailar, Juan la tomó de la cintura y la alejó del grupo.

Bailaron y se volvieron a besar. Él no habló. Habían pasado de la amistad a besarse sin que mediara palabra,   pero era tan lindo lo que estaba sucediendo que Manuela justificaba ese silencio en la confianza que se tenían. Lo cierto es que a ella no le salían las palabras. Años más tarde,  Manuela seguía intentando hablar y no perderse así misma, como esos pájaritos que dan vueltas sin ton ni son.

Juan había sido su primer amor, su mejor beso y su primera desilusión.

A la semana siguiente ella y sus dos amigas fueron a la inauguración de un boliche nuevo, en otro pueblo. El lugar estaba lleno de gente que utilizaba cerveza para hacerse grandes jopos, se pintaba los labios de color negro y usaba largos spolverinos. Todos estaban vestidos así, inmersos en su propia oscuridad, como la banda The Cure.

Ellas se reían de los personajes  que se iban cruzando mientras caminaban hacia la última pista. Mariana tuvo que regresar a la puerta a encontrarse con su hermana. Cuando volvió dijo, mirando a Manuela: no vayan hacia la puerta. 

Bastó ver su cara de espanto para que le preguntaran el motivo, pero no hizo falta su respuesta, en ese momento, entre toda esa gente extraña, Manuela vio a Juan besando a una chica. A otra, que no era ella.

Se quedó mirando sin ver y con un inmediato malestar en el estómago.  Todavía sufre ese dolor de panza cuando ve lo que no quiere ver. Manuela se puso a llorar y decidieron irse. Cuando salían, Juan la vio y cruzaron por un segundo la mirada, pero ella siguió caminando con sus amigas, que tampoco lo saludaron.

Él, que había sido su primer amor, su mejor beso, y su primera desilusión, también fue su primer “por qué”, de una larga lista de porqués en su relación con los hombres: Manuela no es paloma.

Al día siguiente de aquella noche, Juan fue a su casa en su ruidoso Mehari. Su papá lavaba el auto en la puerta -su auto estaba siempre pulcro- y le avisó que la buscaban.

Manuela bajó la escalera lentamente y con la pesadez de quien pasó toda la noche y el día llorando. No le importó nada tener los ojos hinchados y la nariz roja.

Se sentaron en la mesa del disciplinado y pulcro jardín de sus padres, ubicado en el fondo de su casa, que también era pulcra.  Manuela no dijo ni una palabra, no le salían. Habló Juan.

Lo que le dijo, ella lo volvió a escuchar otras veces en su vida: que era linda, inteligente y simpática, pero que se había dado cuenta que seguía queriendo a esa chica, a ésa que había estado besando unas horas antes y bla bla bla  y que ya habían sido novios.

Juan no dejó de ser su primer amor y su primer mejor beso, sin embargo, Manuela entendió que ella lo besó con amor y que él seguramente con destreza, porque los besos pueden ser riquísimos y no contener ni una pizca de ternura.

Ya se había hecho de noche y los pájaros estaban en sus nidos. Su hija le preguntó qué iban a cenar.

Manuela miró la hora, se levantó de la silla, recogió las cosas del mate y entró a la cocina entendiendo que ni ella había cambiado tanto, ni el mundo había cambiado tanto.




lunes, 31 de agosto de 2020

Sucederes

Puede suceder que se humedezcan los ojos, porque sí.

Y que una mariposa se pose en la ventana, también porque sí.

Puede ocurrir que en una mesa roja sólo haya una copa.

Que no se escuchen ruidos y que la calidez sea parte de los sueños. 

Puede pasar que una mirada descanse en una margarita o en la negrura del cielo. 

Pero las ráfagas de viento que se sienten en la piel, nunca suceden porque sí.


sábado, 29 de agosto de 2020

Hoy es un día francés. 1

 Hoy es un día francés.

Amanecí recordando París y lo feliz que fui cada vez.

Sus veredas,  los cafés,  los hoteles en los que estuve,  el metro, el "bonjour" cantado de las "boulangers", el aire, sus colores y todo lo que significaron esos viajes para mí.

París: hacer mi vida.

Dereck Walcott

 Comparto esta poesía porque es tan, pero tan bella....


El Amor Después del Amor (Dereck Walcott).


Llegará el tiempo

en que, con alegría

te saludarás a ti mismo al llegar 

a tu propia puerta  y tu propio espejo.


Cada cual sonreirá 

ante la bienvenida del otro

Y dirá, siéntate aquí. Come.


Amarás otra vez 

Al extraño que fuiste.


Dale vino, dale pan

Devuelve tu corazón

A ti mismo

Al extraño que te amó

Durante toda tu vida, a quien ignoraste, a quien te conoce de corazón.

Quita las cartas de amor de los estantes,

las fotos, las notas desesperadas

Arranca tu propia imagen del espejo

Siéntate. Celebra la vida.

lunes, 24 de agosto de 2020

Algo

Algo que había en la imagen y en su gesto

Y despues en las palabras

y en su escucha dispersa.

Al otro día y al otro.


Por su cabello revuelto

Y el color de sus ojos

Y por el nervio y su ritmo.

Al otro día y al otro.


Su pensamiento extendido

que se traduce en sus manos,

y en su manera de ver.

Al otro día y al otro.


Algo de su placer.

Algo del mío.

Algo que no será nunca.

Ni al otro día y ni en otros.

viernes, 14 de agosto de 2020

Cincuenta y Tres

 En la mesita del living hay un par de libros nuevos de Borges y uno más viejito, Otelo. Hay un cuaderno y una lapicera, la computadora y su cargador, el alcohol en gel y una taza de café.

Hay un enorme ramo de flores blancas.

Sobre una silla hay una campera y sobre otra, una cartera colorida.

Están todas las luces prendidas.

Cerca de la puerta, muy temprano, se derramó un poco de jabón y quedó ahí, olvidado. En la terraza, también quedó olvidada la ropa lavada.

En la cocina hay una hermosa caja con un cartel de feliz cumpleaños, que tenía adentro innúmeras delicias.

En el cuarto, sobre la cama aún sin hacer, hay una bolsita con regalos preciosos: máscaras de belleza para el rostro, un pote de árnica llamado "Pare de Sufrir", un cuaderno para anotar ideas, una cajita con chocolates y una bomba de espuma del barrio Chino.

En la mesada del baño hay un poco más de lío, porque quedaron cosas sin guardar.

En mí están los deseos amorosos de mucha gente querida,  una torta que dice mi nombre y los maravillos deseos de mi hija: que durante este año ningún café me desilusione por estar quemado o aguado; que caminando por Palermo me encuentre con Cortázar y charlemos mientras tomamos algo; que consiga un novio bueno, inteligente y que hable francés; que me vuelva una gran escritora y que no trabaje tanto.

Debo decir que hace muchos años, cuando ella era muy chiquita y recién estaba aprendiendo a escribir me preguntó qué deseaba, yo le respondí, ella lo anotó en un pedacito de papel y me lo dio.

Ese deseo se cumplió y el papelito aún lo conservo, aunque casi no se ve la tinta.

Cuando me encuentre con Cortázar caminando por Palermo, me voy a sacar una foto con él, la voy a subir a las "redes" y además si alguien quiere le cuento cómo estuvo la charla.

Fue un muy feliz cumpleaños, lleno de deseos y paquetitos.

lunes, 10 de agosto de 2020

Extrañarme (2019)

 Un personaje le pregunta a otro,  en la obra de Margulis "Cena con Amigos".

_ ¿No me extrañás a mí, a la que era?

Y como los personajes se meten en mi vida, con toda mi autorización, de pronto me di cuenta que yo extraño horrores a la o a las que era. Diría más,  en este momento no hago más que extrañarme.

Extraño a la que era de niña cuando armaba coreografías con canciones de María Elena Walsh  para cualquier visita que hubiera en mi casa. 

Extraño a la que fui cuando me enamoraba, algunas veces en la vida, que no fueron muchas.

Extraño a la que era súper divertida. Hay mucha gente que no debe ni saber lo divertida que solía ser.

A la que tenía tiempo cada día y tenía mucho más tiempo por delante. 

También extraño muchísimo a la que era cuando sólo sentía calor en verano.

Extraño a la que podía ser cuando estaba súper flaca. Súper flaca soy otra, definitivamente. 

También, y no me avergüenza,  extraño a la que era cuando tenía menos dignidad, porque las hormonas podían más. 

Extraño a la era, cuando creía más.

Extraño a todas esas y seguramente a algunas más que fui, pero que quede claro que no extraño para nada a otras, que en este momento prefiero no decir.

Estoy tan, no sé cómo llamarlo, extrañadora, que recién me di cuenta que no tengo mucha idea de quién estoy siendo ahora como para extrañarla algún día.

Mi maestra de teatro mencionó en una clase que alguien, cuyo nombre no recuerdo, dijo que las actrices y los actores, actúan para vivir más vidas, o algo así,  y este año, estoy participando de dos obras, en una soy Úrsula Cajbolsky y en la otra Karen.

Úrsula es hija de húngaros y una madre bastante particular. Vivió en México. Úrsula amó y fue amada, ella vivió el amor y el desamor. Vivió la reunión, sí señor, vivió la reunión.

Karen está casada y es feliz, pero de pronto la tierra se abrió bajo sus pies y entonces se vio a ella misma y vio su vida. Karen ahí anda, entre  el miedo y la desilusión.

Seguramente,  esto no le interese a mucho a nadie, pero hoy necesitaba escribir algo. Algo sobre cómo me siento, sobre cómo me afectan los personajes, y de paso tomar nota de cuánto de mí los va a afectar a ellos.

Con extrañar no me alcanza para recuperar algunas de las que fui y el tiempo pasa irremediablemente,  así que ahora, tendré que ocuparme de ser una que valga la pena  extrañar en unos años. 


Un día de febrero en la playa

Hoy el mar no estaba de humor. Se lo pasó revoleando gente sin importar ni edad ni género.

Quedaba claro que no había que intentarlo porque se salía herido o desnudo.

No obstante, hubo personas que entraban dispuestas a darle pelea. Vi familias enteras agarradas de la mano para hacerle frente. ¡Ja ja já eso era un festín para el enloquecido mar! Caían todos juntos.

Otras personas, más temerosas de los dioses, entraban como pidiendo permiso y al primer paso eran tumbadas en la arena. 

Por suerte yo, que tiendo a desubicarme y empeorar los malos humores haciéndome la graciosa,  me quedé en el molde, como decía mi papá. Me limité a mojarme un poco con las manos, actitud muy criticada toda la vida por mi mamá, que decía que eso lo hacían las viejas. Ya estoy vieja.

Mientras me reía para adentro viendo a todos los derrotados por Poseidón, pasaron frente a mí dos muchachos: uno llevaba un enorme trofeo, en cuya cima se alzaba una pelota de fútbol brillante; y el otro llevaba una bolsa con remeras de distintos clubes. Las remeras parecían firmadas por jugadores de fútbol y por cincuenta pesitos te prestaban la remera y el trofeo y con tu  celular te sacaban tres fotos.

En qué momento a alguien se le ocurre ese negocio. ¡Aplaudo de pie! Creo que con eso entendí realmente la famosa expresión "el ingenio argentino". Me dio no se qué, pero igual, bravo a esos pibes.

Luego del asombro saqué de mi mochila, como siempre repleta de cosas que nunca voy a usar, el libro que estaba leyendo. Me calcé los anteojos y me dispuse a continuar,  entonces, mientras leía y leía, de pronto oigo... chi chichichí chichichí, llegó la cumbia.

Una familia, detrás de mi silla, después de armar su carpa y acomodar sus pertenencias decidió musicalizar el día.

¡Pero por qué! ¡Me pregunto por qué! 

Como no hallé ninguna respuesta debo confesar que deseé que todos fueran al mar bailando reguetón y terminaran revolcados. Como no fueron, cerré el libro y lo guardé.

Mientras tanto, Pancha que es una atracción para niños y grandes, convocó a un nene amoroso que no paró de acariciarle la cabeza. El nene y Pancha atrajeron a otros dos niños y me vi rodeada por tres pequeños de nueve y diez años que le acariciaban la cabecita a Pancha. 

Me hablaban, se preguntaban sus nombres y también si tenían algún tío muerto,  todo, mientras la amasijaban a la perra, que se hartó y empezó a ladrarles y a tirárseles encima. 

Con la perra furiosa tratando de defenderse de tanto cariño, los nenes se pusieron eufóricos y todo se salió de control. Me tuve que ir.

Subí el médano con la perra excitada, mi mochilota, la sillita y los tres muchachitos que me seguían. Por suerte la arena quemaba y se detuvieron de modo que  el ascenso al médano fuera un poco menos complicado.

No obstante, uno de ellos que realmente era un amor me gritaba de lejos _en qué departamento estás!, ¡en qué departamento estás!.

Me dio pena y con la perra que seguía ladrando, la mochila pesadísima y la sillita giré sobre mí misma y le respondí_ ¡en ese! 

Y el nene insistía_ ¡pero en cuál! ¡En cuál!

_¡En ese que está ahí! Le grité sin señalar ninguno.

_¡Bueno, después voy a visitar a Pancha!

La arena empezó a quemarme mal y cargada como estaba, no quedó otra que correr hasta  la sombra de unos penachos con muy poca elegancia.

En fin, ahora pienso que es muy posible que todo se repita mañana.

domingo, 9 de agosto de 2020

La cortina y el viento

Anoche sentada en mi cama oía el silbido del viento y el canto de los carrillones.  La cortina se inflaba y se desinflaba apaciblemente. La tranquilidad hizo que pensara que por fin iba a dormir toda la noche, sin calor, ni frío, ni nada que perturbara mi sueño.

Cuando estaba decidida a acostarme, el viento empujó violentamente la cortina dentro de mi cuarto y al instante se la llevó hacia afuera dejándola como la capa de Superman en pleno vuelo.

Temiendo que se rompiera me levanté a cerrar la ventana, pero fue justo en el momento en que la cortina volvía con el envión de un huracán. 
No llegué a hacer nada, no pude esquivarla y quedé parada viendo cómo se me venía encima.  Al final, me alcanzó, me envolvió y quedé enrollada como si fuera una de esas momias voladoras que veo cuando subo a la terraza de noche.

El viento continuó haciendo entrar y salir la cortina, y a mí con ella. 

La perrita se despertó y empezó a ladrar enloquecida intentando subir, pero  por suerte le resultó imposible.

Con tanto alboroto se despertaron los vecinos, que poco a poco empezaron a  asomarse, mientras yo entraba y salía por mi ventana envuelta en la tela.

Hablando lo más rápido que pude, cuando me tocó estar del lado de afuera les grité: "Noseasusteeeeeennnn,soyyoquemeatrapolacortinaaaaaaa".

Gracias a Dios me entendieron, se quedaron tranquilos y aprovechamos para saludarnos, porque con esto de la cuarentena no nos estamos cruzando ni en el ascensor.

Cada vez que en el ir y venir me tocaba estar del lado de afuera charlábamos un poquito de todo: de lo caras que están las cosas, del virus y por supuesto, del administrador del edificio, que siempre es tema.

Así pasaron como dos horas y mis vecinos, vencidos por el sueño, se fueron despidiendo de a poco.

Yo seguí volando con la cortina de acá para allá, de un lado al otro y con el vaivén, me quedé dormida.

Esta mañana amanecí sobre mi cama, despatarrada, con el pelo embrollado, sin los anteojos y con el estómago un poquitín revuelto.

Hoy voy a dormir en el sillón. No es que tenga miedo de que me atrape la cortina ni mucho menos, después del susto  resultó ser un  placer, pero alguien me denunció por incumplimiento del aislamiento social obligatorio y vallaron mi cuarto.