Errandoentrepalabras

sábado, 16 de enero de 2021

Insomnio



Hace noches que no duermo: o me desvelo o me despierto antes del amanecer

¿Es la inquietud del tiempo y la mirada perdida?

¿Es todo lo que no entiendo o es también el enojo?

Es la mentira, lo dispar. 

Es la tristeza.

Es saber lo que tengo que hacer, pero no hacerlo.

Es cobardía.

Es la necesidad de estar viva todo el tiempo.

Es por aquello que resulta doloroso

domingo, 10 de enero de 2021

Silenciosa




Silenciosa, como el paquete de harina en mi alacena, 

termino los días desatada en un sillón

conjeturando historias que se quiebran.

Paso mi tiempo entre letras y palabras inasibles, 

y luego entiendo que en mi vida hubo muy pocas.

Siento, como el árbol que crece en una grieta, 

que nada puedo hacer, porque es pasado.

Que me muero en la comparación, que absorbe todo: ideas, miradas, sentires y amores.

Y me hallo entonces en un río seco aunque le pase la lengua a las palabras de un prospecto médico o al mismísimo diccionario.

martes, 29 de diciembre de 2020

Me gustó este año





Este año tuve un comienzo  soleado: lleno de arena, de viento y labios rojos. 

Un comienzo de mar, de trazos únicos que aún me dibujan y me llevan de aquí para allá, 
entre líneas rectas, y curvas
y millones de puntitos que vuelan por el aire.

Un año que prendió en mí un fuego que atizó con palabras, con letras: sin voces, ni miradas.
Y me resisto a que ese ímpetu desaparezca: lo dejo flotar y que se pose donde quiera, y donde lo reciban con su misma pasión.

Este año encerró la cotidianeidad,  y nos quedamos afuera, medio perdidos y asustados. 

Fue momento de sacar el plumero y quitarle el polvillo a los deseos. 
Y entonces, surgieron besos demorados y sabores mágicos, que tal vez sean parte del mejor recuerdo.

Este año confinó trabajos, jjardines y escuelas.
Le quitó el sentido a los caminos y confinó, en algunos casos, lo que está muy bien que permaneza encerrado, pues no vale la pena. 

Yo sostuve con insomnios escritos e inventados,  lo que no pude ni podré confinar y resistí con pequeñas y  desordenadas lecturas, que fueron miles; buscando sinónimos y significados.

Apesar del encierro del mundo que cada quien habita,  encontré otro en lugares diferentes.
Recorrí diálogos verdaderos, amables, divertidos, sonrientes. 

Escuché. 
Amé. 
Escribí.
Leí. 
Hablé. 

Soy egoísta,
 y rara.
Me encantó este año.

sábado, 26 de diciembre de 2020

Con la Voz Quebrada




Tres veces por día da vueltas a la manzana.
Tres veces por día da varias vueltas.
Hace tres meses.
Varias vueltas en cada ocasión.

Camina rápido rápido rápido
y cambia de dirección
sin previo aviso
sin luz de freno 
sin poner el giro.

El señor que da vueltas a la manzana y camina rápido y de pronto gira sobre sí mismo para ir en otro sentido, habla, habla y habla y casi no se entiende lo que dice, aunque en realidad grita. 

Va tan rápido y mirando sólo sus palabras, que no parece estar dispuesto a detenerse ante nadie, pero las personas le abren paso apenas lo ven acercarse.

Todos observan intensamente al señor que camina. Lo miran con espanto,  con curiosidad y sólo algunos con ternura.

Recorre las cuadras con zapatos de suela color marrón, un pantalón de vestir venido a menos  y una camisa blanca, que de tan vieja es casi transparente.

Aseguran que es igualito a un Juan Carlos, pero nadie sabe a cuál.

No conocen su nombre, pero no les importa, porque le dicen Juan Carlos y se niegan rotundamente a conocer su verdadera gracia. 

Si algún distraído dice saber cómo se llama, todos se tapan los oídos y canturrean para ensordecerse y así quedarse con su idea, que siempre es preferible a la verdad.

En la cola de la verdulería se dijo que el señor está loco, pero el doctor de la cuadra, como casi todos los doctores, dijo las cosas como son y explicó que se trata de un hombre de otro planeta y punto, no dijo nada más. No aclaró si estaba usando simplemente una expresión.

A partir de esa sentencia, para algunos pasó a ser un extraterrestre, como hay en tantos lugares, y para otros, simplemente una persona fuera de serie. 

El hecho que hubiera dos interpretaciones diferentes sobre un único decir fue tan raro, pero tan raro, que es motivo de investigación entre cinéfilos, científicos y sentimentales. 

Al señor pseudo Juan Carlos, un día se le entendió la palabra "infancia" y las doscientas psicólogas que viven en el edificio azul; doscientas dos para ser más precisa; sospechan que alguna lo analiza de manera remota. De ventana a ventana las psicólogas se profieren Insultos llenos de ajaes y ejees y por esos berrinches, casi siempre alguien llama al psiquiatra, que a esta altura también teme ser agredido y del susto, hace días que no quiere salir de su casa.

En general, todas las conclusiones, acerca del señor que camina y habla rápido, nacen en la fila de la verdulería, y el verdulero no da más. Parece que el corazón le latió tan fuerte que le

saltó

por la boca y así, descorazonado, le revolea tomates a cualquiera que le diga que prefiere las frutas así o asao.

El señor que da vueltastresvecespordíalamanzana genera peleas entre los vecinos, que están muy ocupados pensando en su vida; en la vida del famoso señor.

Estas discusiones tuvieron consecuencias graves, como la muerte simultánea de los cinco contadores públicos que vivían en una de las cuadras. Ellos se batieron a duelo de revólver, porque todos diferían en el cálculo sobre la cantidad de pasos que hacía en cada vuelta, el hombre caminador. Se dispararon todos a la vez y murieron en la puerta de la fábrica de pastas.

Así se suceden los días en la manzana que está frente a mi casa.

En Nochebuena, cerca de las doce salí a caminar; cuando crucé la calle me encontré con el señor parecido a un Juan Carlos y por primera vez lo vi detenerse.

Se paró en el cordón de la vereda, miró hacia el frente y gritó:

_¡A todos los que me están escuchando les quiero agradecer. A todos los que me están escuchando les quiero agradecer de corazón. A todos los que me están escuchado..."

Yo seguí caminando lentamente, pero noté que mientras el señor daba las gracias con la mirada fija en la vereda de enfrente, su voz se iba quebrando.

Lo entendí.

jueves, 24 de diciembre de 2020

La Casa-Molino


Hoy lo vi a mi papá acostado en su cama. En la suya, en la cama de su casa. Era muy tarde y miraba la tele, como antes, como lo hizo siempre y en ese instante el tiempo se transformó en algo injusto, y yo desaparecí por unos minutos de este mundo, para caer en el de antes, en el  que fue.

Sin ninguna razón me acordé de la calle Emilio Mitre. Una calle de la ciudad de Moreno que empieza en la estación de bomberos y termina en el puente que cruza el Río Reconquista. Nunca conocí el otro lado del puente, pero lo teníamos prohibido porque era el lado peligroso de la vida.

Esa calle era el camino más directo para ir a visitar a mi abuela Elena, pero además, yendo por ella se pasaba por una casa con forma de molino: "La casa-molino". 

En ese momento la recordé perfectamente: era oscura, de madera y con enormes astas que se erguían en una calle que ni fu, ni fa; de una ciudad que ni fu ni fa.

La casa-molino era cónica, como son los molinos y eso siempre me generó una intriga enorme, porque no podía imaginar como se vivía entre esas paredes. Suponía a sus habitantes girando en redondo, todo el tiempo mareados, dando vueltas. Recordé que mi papá me había dicho que conocía a los dueños, y que la señora se había vuelto loca. Y claro, como para no estarlo, si se pasaba todos los días girando.

La casa- molino estaba cerca de la de un amigo de mi papá. No recuerdo su nombre, pero el apellido era Russo. Russo tenía dos hijas, una se llamaba Cecilia y yo la adoraba. Cecilia era más grande que yo y en su casa tenía un altillo. Un altillo con cuartos sólo destinados para jugar.

No sé si fui más de una vez, pero ese día, Cecilia y yo, y seguramente mi hermana, subimos una escalera y entramos a ese lugar maravilloso. Había muñecas, baúles con disfraces, camitas, cacharritos de cocina y ni un adulto. 

La casa de los Russo estaban muy cerca de la del molino y durante muchos tiempo, cada vez que pasábamos en el auto por ahí, sentada detrás de mi papá, yo gritaba hasta quedarme sin voz pidíendole que doblara y me llevara a jugar a la casita. _"¡¡¡Doblá, doblá, doblá!!!"

Mi infancia: una suerte de capricho tras otro. Es que nunca fui una piedra, como dice un poeta. "Yo nunca seré una piedra, gritaré cuando haga falta"

Por suerte, con lo enojoso que era mi papá, recuerdo que a él le daba risa mi empecinamiento.


Año 2017

domingo, 20 de diciembre de 2020

El viento frío



Anoche, mientras escribía en la cama sentí el viento frío que entraba por mi ventana. Me gusta sentir frío.

Intentaba avanzar en un relato, pero no pude y me puse a editar lo que ya estaba escrito. No es bueno hacer eso.
La noche anterior tampoco había podido avanzar y me grabé. Me pareció divertido.
A veces, cuando me escucho, sonrío orgullosa, pero otras, siento vergüenza y aparece una sonrisa que busca mi piedad y que dejo inmóvil, silenciosa y colorada. No tengo compasión conmigo.

_"Ante todo hay que avergonzarse", decía mi papá. Avergonzarse y avisarle al mundo entero que uno es tonto, antes de que se den cuenta.

Mi impiedad tiene caras, aunque algunas estén muertas. Es como una sanguijuela que chupa mi propia música.

Estos días se escuchan fiestas por mi barrio. Firmo y sello que son sin distancia social, ni barbijo, ni nada.

Apagué la luz y apoyé la cabeza en mi almohada. Quedé a oscuras y  tuve que levantarme inmediatamente. Entonces fui a la biblioteca y busqué un libro para entrar, al menos por un rato, en otro mundo. Hice otra vez la torre de almohadas, me volví a sentar en la cama y leí "Corazón Delator" de Edgar Allan Poe. No me concentré porque sabía que pronto estaría otra vez a oscuras, sola.
Pensé en leer alguna prosa acunadora de Wislawa, pero sentí  que había mil kilómetros hasta el living.

Me arrodillé en la cama, apoyé mi frente en el colchón y estiré bien lejos mis brazos. Me quedé así un rato, respirando. No me relajé.

La música de las fiestas no cesaba. Toda la semana soporté el ruido de una construcción que hay a unos metros de mi casa y el ruido de todas las familias, con sus ventanas abiertas de verano. 

En esta época del año suelo recordar al silencio, los pájaros y el mugido de las vacas que me chusmeaban por el alambrado de mi vieja casa.  Viví ahí hasta dos mil seis. Ese año me mudé. Me mudé de muchas cosas.

La imagen de las vacas mirándome del otro lado de la ligustrina me llenó de ternura. De pronto extrañé todo: las lechuzas, los teros y su mal humor, el olor a pasto recién cortado.
No extrañé la infelicidad, pero sí cierta seguridad, que desde entonces depende de mí. 
Las cosas no resultan como uno las imagina. El mundo que forma parte de mi mundo es muy pequeño. 

Al final, me levanté de la cama y me hice un té. Lo tomé a oscuras sentada en un sillón mirando las lucecitas que puse en el balcón. Este año voy a pasar la Noche Buena caminando por el medio de la calle, sola y con un vestido largo.

Volví a la cama, apagué la luz y miré mi celular. Con la luz del teléfono vi otra realidad: no hay nada dedicado especialmente para mí. 
Me puse triste y las preguntas se dispararon como perdigones mientras me caían unas lágrimas. Mis cuestionamientos con sus infinitas palabras, con sus letras, sus sonidos y sus sentidos termiron haciendo de ovejitas y me dormí. 

Hoy me desperté angustiada, pero sólo por dormir mucho.
Dormir mucho no me hace bien.

Y no logro desde anoche recordar el nombre de los que ahorcaban o les cortaban la cabeza a las personas en las plazas.


martes, 8 de diciembre de 2020

Mirar de Nuevo

 Quiero saber…¿Por qué tantas preguntas? ¿Por qué las dudas? Tu poesía es bella. Es  amarilla, es roja, es azul. 

Y tu puerta… ¿es de metal o de madera? Creo que tienes que dejarla abierta, yo, abriré la mía.

Es bueno mezclarse entre la gente. Sentémonos en una plaza, en un café… ¡caminemos!

Tú tienes una mirada necesaria. Vayamos y cuéntame qué ves.

Estoy segura que observas el silencio, y lo oscuro también.

Cerrar la puerta es encerrar los sentidos, y más allá, existen mundos a inventar.

Tú lenguaje canta, no te quedes. Recuerda el tiempo en que vagabas por ahí.

¡Abre tu puerta!

Encontrémonos afuera.

Enséñame a mirar.


Ceci Labate

(En un diálogo con Edgar Bayley!




sábado, 5 de diciembre de 2020

Un árbol en invierno



Hay bosque porque hay árboles. Porque  hay altos,  porque hay densos y hay livianos.

Algunos, exasperantemente en orden, otros, en un tranquilo desorden. 

Son la finita eternidad del tiempo que surge desde abajo de la tierra, sin planearse

Pero cuando llega la noche, hay un árbol, uno, que no sabe protegerse cuando lo cubre el frío de la helada.

Uno, infinitamente quieto que acelera sus venas cuando tiembla por dentro.

La inquietud de un árbol en invierno, que nunca podrá escaparse, aunque muera de miedo.

Porque es sólo un árbol en medio de un bosque y sólo eso. 





miércoles, 2 de diciembre de 2020

Un caballero


 Un caballero, con traje, sombrero, bastón, pañuelo en el bolsillo y  jazmines, descendió  sorpresivamente del tren del tiempo. Caminó lentamente atravesando la plaza y se esfumó en el beso que le dio a su amada.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Finales


Navego un cielo azul, inquietante. 

A lo lejos, claroscuros.

Y el final será el mismo, casi el mismo. 


Es el viento de altamar  

El que deja que se pierda todo.

Y me enfrento cada vez a esas corrientes

Con una insistencia vana.


Estoy viendo cómo caen las palabras que temo,

como al frío, a la tristeza y al dolor. 

Tengo miedo

 No me doy el lujo de la valentía.


Quisiera volver a un cielo de arcoíris

A un tiempo mágico

A  la calma arena

Al reflejo del sol.


martes, 3 de noviembre de 2020

Las Tejedoras

Las Tejedoras
 
Todas las mujeres de mi familia tejían cuando yo era adolescente, incluso mi hermana y algunas primas que sólo me llevaban unos años. Recuerdo los domingos de invierno en la casa de mi abuela, cuando por la tarde, ella, mi madre y mis cinco tías se ubicaban, para tejer, alrededor de una mesa muy larga. Cuando comenzaban su labor, se escuchaban los tintineos de sus agujas.

Yo me sentaba más lejos, apoyaba mis brazos uno arriba del otro sobre la mesa y recostaba mi cabeza para verlas. Desde esa distancia observaba sus movimientos como una danza en conjunto.

Todas, a su tiempo, miraban las lanas zigzagueantes con las cabezas inclinadas y cuando querían decir algo, alzaban la vista sin interrumpir su tarea. La actividad se acompañaba con palabras que iban y venían de una a la otra. 

Al finalizar los puntos de una vuelta cambiaban de brazo, como quien mueve el carro de una máquina de escribir, y con el mismo ritmo, los empujaban hacia atrás, para recomenzar.

Sin perderlas de vista, me interrogaba acerca del porqué yo no estaba ahí, formando parte de aquella colectividad laboriosa. El ritmo parecía frenético cuando por momentos nadie hablaba y aún así, las unía el incesante recorrido de la lana.

Junto al entramado de saquitos y mantillas, en ese lugar se tejía algo más: los deseos que ellas debieron de relegar. 

En el andar de sus dedos hablaban de hastíos, de culpas, de exigencias y también de tristezas. 

Ellas contaban lo que hacían cotidianamente y en medio la conversación se escurría lo que no habían llegado a ser. La concentración que dedicaban en cada lazada, relajaba las lenguas dejando a sus anhelos caminar por una cornisa hasta que finalmente, decían mucho más de lo que se permitían a sí mismas.

Tejían sus deseos porque se habían destejido sus sueños. Tejían sus sueños para no dejarlos escapar.

Las mujeres de mi familia, en aquellas tardes de domingo, creaban, para todos, abrigos coloridos, pero en lo más secreto hacían mantas enormes para ellas mismas. Aquellos deseos  que no pudieron ser, se urdían con las  lanas formando una red en la cual, años después, pudimos apoyarnos los más jóvenes y así construir nuestros propios destinos.

Aunque en sus días las he juzgado, siempre les estaré agradecida.

Cecilia Labate
Arte: Eva Raman

#relatocorto
#tejer
#cecilialabate
#evaraman

jueves, 29 de octubre de 2020

Otras Vidas


El blanco silencio de esa casa,

con sus grises ocultos

entre mantas.

El dependiente movimiento de las cosas.

Y la vida se pasea por ahí, a veces.

Y lee un libro, a veces

O un cuento, una poesía.

Se alimenta, duerme, habla .

A veces duele, 

A veces quiere

a veces: nada.

La vida contempla el dependiente movimiento de la cosas.

Todo la espera ¿Hacia dónde irá?

Simplemente está viendo la quietud y escuchando el oscuro silencio de la noche.

 Y pensando en cuántas vidas hoy fueron tratadas como cosas, 

lejos del blanco silencio de esa casa.

sábado, 17 de octubre de 2020

Crecer




El día que se fue, le contó que cuando era pequeña, por las noches tenía miedo de soñar con fantasmas. Era tímida y prefirió no decir nada más sobre sus otros temores, porque igual se las había arreglado bastante bien para ser feliz.

De niña le gustaban las tardes de verano bajo el inmenso ciruelo morado, caminar por calles de tierra, mirar los altísimos pinos y hamarcarse durante horas. Dejarse invadir por el cielo azul y sentir el vientito de los árboles en su cara. Disfrutaba trepar los árboles; cazar bichitos de luz; cuidar vaquitas de San Antonio, para que le hicieran cosquillas; permanecer tardes enteras en el agua y ver a los sapos cuando salían de sus cuevas en los días de tormenta.

Un instante antes de que partiera, ella, que la había escuchado atentamente, le dijo, como en una película: "No regreses, no mires hacia atrás, que no te gane la nostalgia".

De todos modos, cada tanto aparecía sólo para soplarle la nariz, darle un beso cosquilludo en la frente o decirle algo al oído. 

Ella la abrazaba muy fuerte, la miraba,  y antes de que volviera a desaparecer le decía que siempre siempre siempre la iba a querer. 

Entre esos "siempres", no había ninguna coma.

#relatoscorto

#cecilialabate

jueves, 15 de octubre de 2020

Tiempo de Susurros





Tal vez, aquí en la tierra, tengamos que hacer un poco menos de bullicio.

Quizá sea tiempo de susurros.

Imagino que con menos ruido

Podrán sonar notas más claras


Si caminamos con cuidado,  seguro oiremos cómo crujen las hojas del otoño.

Quiero saber qué pasa de ese modo.

¿Estarán todos dispuestos? 

Tal vez se escuche música, yo no prometo nada, 

Pero un susurro, puede ser mejor que un trueno.


¿No sería original oír el ronroneo que hay debajo?

¿Nos querrá decir algo? 

¿No querrá decir nada?

Bebamos otros sonidos, diferentes.


Me convenzo ante la idea de que sonará ese piano, 

El que está sobre el sendero de los árboles ocres.

Y que cantarán los pájaros y el viento mecerá las ramas.

Mientras tanto, bailemos con zapatillas de pluma: ligeros, livianos.


Si acá en la tierra todo es tan fragoso

 ¿Será porque es así el mundo de lo humano?

Murmurar no es callar, es acunarse en una melodía.  

Detrás del grito y de los ruidos y del eterno pasado

Vislumbro  un mundo infinito de armonías.


Caminemos en puntas de pie

Tal vez podamos sentir los pequeños sonidos de la vida presente

Estar, aquí y ahora, escuchando, sintiendo, lo que nos rodea

¿No es acaso una buena idea?



Cecilia Labate

Octubre de 2020.


sábado, 3 de octubre de 2020

Vulnerables

 



Vulnerables, esa es la palabra.

Escribíamos nuestra propia inmortalidad todos los días y la pluma se cayó al piso.
Vivir en las ruinas o en la promesa de la ruina. No hay bello, hay esto.
Seguramente ha pasado así en las guerras, no lo sé. En los ochenta me imaginaba corriendo por las calles, ahora no me imagino hacia donde correr sino hacia adentro de mí.
_"Si empiezo a llorar no voy a parar", le dije una vez a una peluquera que me dejó el pelo chamuscado y verde. Aún recuerdo esa sensación.
Hoy no me parece muy diferente. Si empiezo a llorar no paro, así que hay que inventarse algo.
Quiero abrazar a todos los que forman mi mundo, cuidarlos, protegerlos.
Qué suerte los chistes, y los mensajes interminables de los grupos que pasan de las reflexiones a los memes, sin solución de continuidad.
Qué suerte mis libros y mi máquina de café y la música.
Qué suerte mi hija junto a su papá cerca del verde de los árboles.
Qué suerte mis hermanos que se cuidan y mis amigas que se cuidan y mi mamá a la que cuidamos.
Qué suerte la esperanza, no como virtud, sino como ánimo de esperar lo que se desea.
Qué suerte los colores. Qué suerte los colores. Colorear...
Desde acá veo mucho movimiento y escucho niños.
Desde acá, mientras trato de escribir para escribir algo que es necesario escribir, como cada quien pueda.
Buenas noches confinados!

21 de marzo de 2020

sábado, 26 de septiembre de 2020

Buenos Días

 


En mi cuarto queda siempre un espacio entre las cortinas,  nunca cierro la ventana, ni siquiera en invierno.

Abro un ojo e inmediatamente me preparo el primer café con leche del día. Mi perra, Pancha, me acompaña: se sienta y espera, mientras me mira con sus enormes ojos negros. Quiere dormir un poco más. 


Volvemos al cuarto, yo con mi café y ella con su sueño.


Es primavera. "...y otra vez primavera", como dice parte del título de la película de Kim Ki-Duk.


Vivir en un departamento: sólo un hilo de luz en la mañana, apenas ver la pequeñísima maceta en el alféizar de una ventana. Intuir un amanecer amarillo. Escuchar, porque es muy temprano, el canto de un "bicho feo",  un pajarito enojado y a otros piando a lo lejos. 


La chicharra de la barrera, como un  rayo, anuncia que en segundos se oirá la bocina del tren.

Uno, dos, tres...la oí.


Buenos días!

martes, 22 de septiembre de 2020

Los Días Silenciosos

 Hoy es un día silencioso.

El silencio es hermoso, 

pero los días silenciosos,

no lo son.


Todo parece estar apagado. Está apagado.

No hay ruido de motores. No hay motores. 

No hay portazos, ni risas, ni gritos.


No hay música.


Cuando alguien muere

el día no habla ni se mueve. 

Millones de seres y de máquinas 

se aquietan, se detienen. 


Los días silenciosos son calmos,  pero tristes. 

La pena,

también lo aplaca todo.


Y se extingue el sonido

cuando se siente miedo.

Y se pausan estruendos,

si se empieza a temblar.

Y todo se enmudece

cuando aparece un final.


Los días silenciosos 

Son como una noche

insomne

Como el fondo del mar

Como la oscuridad.

viernes, 11 de septiembre de 2020

Sobre la pintura de un bar de Buenos Aires

No es algo que pueda descuidarse, ni que se pueda beber, ni lavar, ni arrugar. 

No se usa para tomar sol, ni para salir a pasear.

No es bastón, ni almohadón, ni piedra, ni tacita.

Para usarlo, primero debe tomarlo con cuidado, pues es sumamente frágil, y después de contemplarlo colocarlo en un lugar seco y fresco,  fuera del alcance de los niños. 

No es una copa de cristal, ni un remedio.

Debe ocupar un lugar importante, pero escencialmente debe estar a su vista.

Es probable que recuerde muchas cosas si lo observa atentamente: tiene historia. 

Si se acerca y mira con atención casi podrá sentir el alma del artista.

Olerá a minutas y a cafés con leche y seguramente también escuche el grito del mozo y su puño golpeando el mostrador.

Si pasa cerca de donde lo tiene guardado querrá mirarlo, pero se aconseja elegir los días apropiados. 

Si usted se siente más o menos, ese día no caiga en la tentanción, porque puede que le produzca algún decaimiento con un poquito de ganas llorar. 

Es poético.

Está lleno de detalles que lo emocionarán y puede ser que rememore a sus padres y a sus abuelos, o tal vez, a alguien en especial.

Mirarlo es como ver una vieja Buenos Aires y vaya a saber cuántas historias:  hombres sentados tomándose un café abandonados a su suerte, otros devorando el plato del día con un miñóncito en una de las manos y la sección de empleos en la otra. Encuentros de prometidas felices luciendo su anillo,  esa  loca del barrio, que ocupa siempre el mismo lugar y tal vez tristes desencuentros

No es muy grande el dibujo, pero es inmenso.

Cada tanto, vale la pena tratar de sentir el olor de su papel y de la tinta y hasta acariciarlo, pero luego, por favor, con muchísimo  esmero vuelva a guardarlo entre las hojas de un libro hasta que lo pueda enmarcar y colgarlo, con orgulloso, en un lugar especial

miércoles, 9 de septiembre de 2020

El Beso Perfecto



Manuela y su hija estaban sentadas en la galería. Era una tarde de octubre y el aire de primavera era muy agradable. Compartían unos mates en silencio, cada una en su mundo. Manuela escuchaba el barullo que hacían los pájaros al atardecer. Le encantaba ver el vuelo decidido de las palomas que saben a dónde van y para qué, a diferencia de otros pájaros que vuelan desordenadamente, girando y dando vueltas. En medio de ese éxtasis primaveral, su hija le preguntó, así, sin más, el nombre de su primer amor. Manuela se quedó mirándola por unos segundos, sonriente y le dijo que había sido un chico que se llamaba Juan y que lo había conocido sobre el final de su adolescencia. Eso fue lo único que Julieta quiso saber,  porque no hizo más preguntas y se echó en una reposera con su celular.

El primer amor de Manuela estaba hecho de rulos que le caían sobre la cara y se movían, al ritmo de sus pasos, subiendo y bajando como si fueran resortes mágicos. Juan era rubio, no era muy lindo, pero era muy inteligente y simpático. Casi todo de él la había deslumbrado, pero sobre todo su andar suelto, su modo espontáneo de transitar la vida.

Juan vivía en una casa derruida, con un jardín que tenía el pasto tan alto que  estaba a punto de transformarse en bosque.   Eso también le había encantado: que él viviera libre de formalidades. Ella todavía cree que eso hace a las personas más interesantes y amables – en el sentido de que pueden ser amadas-

Manuela y Juan nunca fueron novios y todo lo que había imaginado con él, que no había sido poco, un día se deslizó por su cara sabiendo a mar. En ella, esa costumbre de llorar persiste, aunque a veces dice que llora de cansancio.

Juan permaneció en el recuerdo como su primer amor y la vida continuó dando vueltas y más vueltas, sobre todo, cuando intentando ser un poco más feliz, tuvo que rectificar algún camino. Manuela se casó, tuvo una hija, y se divorció. 

Juan tenía una sonrisa muy dulce y una canchera inocencia. Fue un amor especial.

Lo había visto por primera vez un domingo a la tarde, en un bar que tenía el piso lleno de cáscaras de maníes. Maníes, que antes de crujir en el suelo estaban dentro de un barril. Había ido con sus dos mejores amigas: Natalia y Mariana.

El lugar se llamaba Reina Victoria y era una casa antigua ubicada al lado de la Municipalidad. Los domingos a la noche, en una pantalla gigante, proyectaban películas. Esa vez fue "Volver al Futuro". Juan también estaba con sus  amigos y todos tenían algún sobrenombre: El Alemán, Pino, El Tano. 

Como en el bar no había más gente que ellos, después de la película compartieron una mesa, tomaron algo y se divirtieron hasta que les avisaron que tenían que cerrar. A partir de ese encuentro se hicieron amigos, muy amigos, y hacían diferentes programas en grupo: iban al dique, al río, se juntaban a tomar mate y los domingos  a Reina Victoria a ver alguna película.

Juan había sido su primer amor y también su mejor beso.

Ella no sabía bien qué hacer: era amiga de Juan, pero él era su amor. Se cuidaba de no dar señales de que le gustaba. En honor a su escrupulosa y muda educación en relación al sexo,  al amor y a casi todo,  se esforzaba por disimular, innecesariamente.

En algunas reuniones, Manuela lo miraba mientras se imaginaba que sólo tenía que ir  caminando hacia él y besarlo: tan fácil como eso. Juan la trataba amorosamente, pero ella no sabía si esa actitud significaba un sentimiento especial hacia ella.

Una noche en el baile del club, durante los lentos, la sorprendió por detrás, la tomó de la mano y la llevó a la pista. Estaba feliz, nunca había estado tan próxima a sus rulos, ni a su piel, ni a su cuerpo. Se abrazó a él, para su sorpresa, sin pudor. Él solía conversar mucho, pero bailó en silencio.

Luego de un rato fue Juan quien la abrazó un poquito más y la miró. Casi habían dejado de bailar, se miraron de frente, cerca y se fueron acercando más, hasta que se dieron un beso, un beso perfecto. Uno tan lindo que durante muchísimos años fue el mejor de su vida. Manuela estaba tan contenta que en ese momento, el mundo desapareció. Con el tiempo supo que el mundo siempre desaparece en los instantes de felicidad.

Juan fue su primer amor, su beso perfecto, pero también el primer amor no correspondido.

A la semana siguiente, la escena del beso se repitió, casi de manera idéntica. Habían ido a bailar, Juan la tomó de la cintura y la alejó del grupo.

Bailaron y se volvieron a besar. Él no habló. Habían pasado de la amistad a besarse sin que mediara palabra,   pero era tan lindo lo que estaba sucediendo que Manuela justificaba ese silencio en la confianza que se tenían. Lo cierto es que a ella no le salían las palabras. Años más tarde,  Manuela seguía intentando hablar y no perderse así misma, como esos pájaritos que dan vueltas sin ton ni son.

Juan había sido su primer amor, su mejor beso y su primera desilusión.

A la semana siguiente ella y sus dos amigas fueron a la inauguración de un boliche nuevo, en otro pueblo. El lugar estaba lleno de gente que utilizaba cerveza para hacerse grandes jopos, se pintaba los labios de color negro y usaba largos spolverinos. Todos estaban vestidos así, inmersos en su propia oscuridad, como la banda The Cure.

Ellas se reían de los personajes  que se iban cruzando mientras caminaban hacia la última pista. Mariana tuvo que regresar a la puerta a encontrarse con su hermana. Cuando volvió dijo, mirando a Manuela: no vayan hacia la puerta. 

Bastó ver su cara de espanto para que le preguntaran el motivo, pero no hizo falta su respuesta, en ese momento, entre toda esa gente extraña, Manuela vio a Juan besando a una chica. A otra, que no era ella.

Se quedó mirando sin ver y con un inmediato malestar en el estómago.  Todavía sufre ese dolor de panza cuando ve lo que no quiere ver. Manuela se puso a llorar y decidieron irse. Cuando salían, Juan la vio y cruzaron por un segundo la mirada, pero ella siguió caminando con sus amigas, que tampoco lo saludaron.

Él, que había sido su primer amor, su mejor beso, y su primera desilusión, también fue su primer “por qué”, de una larga lista de porqués en su relación con los hombres: Manuela no es paloma.

Al día siguiente de aquella noche, Juan fue a su casa en su ruidoso Mehari. Su papá lavaba el auto en la puerta -su auto estaba siempre pulcro- y le avisó que la buscaban.

Manuela bajó la escalera lentamente y con la pesadez de quien pasó toda la noche y el día llorando. No le importó nada tener los ojos hinchados y la nariz roja.

Se sentaron en la mesa del disciplinado y pulcro jardín de sus padres, ubicado en el fondo de su casa, que también era pulcra.  Manuela no dijo ni una palabra, no le salían. Habló Juan.

Lo que le dijo, ella lo volvió a escuchar otras veces en su vida: que era linda, inteligente y simpática, pero que se había dado cuenta que seguía queriendo a esa chica, a ésa que había estado besando unas horas antes y bla bla bla  y que ya habían sido novios.

Juan no dejó de ser su primer amor y su primer mejor beso, sin embargo, Manuela entendió que ella lo besó con amor y que él seguramente con destreza, porque los besos pueden ser riquísimos y no contener ni una pizca de ternura.

Ya se había hecho de noche y los pájaros estaban en sus nidos. Su hija le preguntó qué iban a cenar.

Manuela miró la hora, se levantó de la silla, recogió las cosas del mate y entró a la cocina entendiendo que ni ella había cambiado tanto, ni el mundo había cambiado tanto.


Cuadro: El beso de Klimt




lunes, 31 de agosto de 2020

Sucederes

Puede suceder que se humedezcan los ojos, porque sí.

Y que una mariposa se pose en la ventana, también porque sí.

Puede ocurrir que en una mesa roja sólo haya una copa.

Que no se escuchen ruidos y que la calidez sea parte de los sueños. 

Puede pasar que una mirada descanse en una margarita o en la negrura del cielo. 

Pero las ráfagas de viento que se sienten en la piel, nunca suceden porque sí.


sábado, 29 de agosto de 2020

Hoy es un día francés. 1

 Hoy es un día francés.

Amanecí recordando París y lo feliz que fui cada vez.

Sus veredas,  los cafés,  los hoteles en los que estuve,  el metro, el "bonjour" cantado de las "boulangers", el aire, sus colores y todo lo que significaron esos viajes para mí.

París: hacer mi vida.

Dereck Walcott





 Comparto esta poesía porque es tan, pero tan bella....


El Amor Después del Amor (Dereck Walcott).


Llegará el tiempo

en que, con alegría

te saludarás a ti mismo al llegar 

a tu propia puerta  y tu propio espejo.


Cada cual sonreirá 

ante la bienvenida del otro

Y dirá, siéntate aquí. Come.


Amarás otra vez 

Al extraño que fuiste.


Dale vino, dale pan

Devuelve tu corazón

A ti mismo

Al extraño que te amó

Durante toda tu vida, a quien ignoraste, a quien te conoce de corazón.

Quita las cartas de amor de los estantes,

las fotos, las notas desesperadas

Arranca tu propia imagen del espejo

Siéntate. Celebra la vida.

lunes, 24 de agosto de 2020

Algo





Algo que había en la imagen y en su gesto

Y despues en las palabras

y en su escucha dispersa.

Al otro día y al otro.


Por su cabello revuelto

Y el color de sus ojos

Y por el nervio y su ritmo.

Al otro día y al otro.


Su pensamiento extendido

que se traduce en sus manos,

y en su manera de ver.

Al otro día y al otro.


Algo de su placer.

Algo del mío.

Algo que no será nunca.

Ni al otro día y ni en otros.

viernes, 14 de agosto de 2020

Cincuenta y Tres

 En la mesita del living hay un par de libros nuevos de Borges y uno más viejito, Otelo. Hay un cuaderno y una lapicera, la computadora y su cargador, el alcohol en gel y una taza de café.

Hay un enorme ramo de flores blancas.

Sobre una silla hay una campera y sobre otra, una cartera colorida.

Están todas las luces prendidas.

Cerca de la puerta, muy temprano, se derramó un poco de jabón y quedó ahí, olvidado. En la terraza, también quedó olvidada la ropa lavada.

En la cocina hay una hermosa caja con un cartel de feliz cumpleaños, que tenía adentro innúmeras delicias.

En el cuarto, sobre la cama aún sin hacer, hay una bolsita con regalos preciosos: máscaras de belleza para el rostro, un pote de árnica llamado "Pare de Sufrir", un cuaderno para anotar ideas, una cajita con chocolates y una bomba de espuma del barrio Chino.

En la mesada del baño hay un poco más de lío, porque quedaron cosas sin guardar.

En mí están los deseos amorosos de mucha gente querida,  una torta que dice mi nombre y los maravillos deseos de mi hija: que durante este año ningún café me desilusione por estar quemado o aguado; que caminando por Palermo me encuentre con Cortázar y charlemos mientras tomamos algo; que consiga un novio bueno, inteligente y que hable francés; que me vuelva una gran escritora y que no trabaje tanto.

Debo decir que hace muchos años, cuando ella era muy chiquita y recién estaba aprendiendo a escribir me preguntó qué deseaba, yo le respondí, ella lo anotó en un pedacito de papel y me lo dio.

Ese deseo se cumplió y el papelito aún lo conservo, aunque casi no se ve la tinta.

Cuando me encuentre con Cortázar caminando por Palermo, me voy a sacar una foto con él, la voy a subir a las "redes" y además si alguien quiere le cuento cómo estuvo la charla.

Fue un muy feliz cumpleaños, lleno de deseos y paquetitos.

lunes, 10 de agosto de 2020

Extrañarme (2019)

 Un personaje le pregunta a otro,  en la obra de Margulis "Cena con Amigos".

_ ¿No me extrañás a mí, a la que era?

Y como los personajes se meten en mi vida, con toda mi autorización, de pronto me di cuenta que yo extraño horrores a la o a las que era. Diría más,  en este momento no hago más que extrañarme.

Extraño a la que era de niña cuando armaba coreografías con canciones de María Elena Walsh  para cualquier visita que hubiera en mi casa. 

Extraño a la que fui cuando me enamoraba, algunas veces en la vida, que no fueron muchas.

Extraño a la que era súper divertida. Hay mucha gente que no debe ni saber lo divertida que solía ser.

A la que tenía tiempo cada día y tenía mucho más tiempo por delante. 

También extraño muchísimo a la que era cuando sólo sentía calor en verano.

Extraño a la que podía ser cuando estaba súper flaca. Súper flaca soy otra, definitivamente. 

También, y no me avergüenza,  extraño a la que era cuando tenía menos dignidad, porque las hormonas podían más. 

Extraño a la era, cuando creía más.

Extraño a todas esas y seguramente a algunas más que fui, pero que quede claro que no extraño para nada a otras, que en este momento prefiero no decir.

Estoy tan, no sé cómo llamarlo, extrañadora, que recién me di cuenta que no tengo mucha idea de quién estoy siendo ahora como para extrañarla algún día.

Mi maestra de teatro mencionó en una clase que alguien, cuyo nombre no recuerdo, dijo que las actrices y los actores, actúan para vivir más vidas, o algo así,  y este año, estoy participando de dos obras, en una soy Úrsula Cajbolsky y en la otra Karen.

Úrsula es hija de húngaros y una madre bastante particular. Vivió en México. Úrsula amó y fue amada, ella vivió el amor y el desamor. Vivió la reunión, sí señor, vivió la reunión.

Karen está casada y es feliz, pero de pronto la tierra se abrió bajo sus pies y entonces se vio a ella misma y vio su vida. Karen ahí anda, entre  el miedo y la desilusión.

Seguramente,  esto no le interese a mucho a nadie, pero hoy necesitaba escribir algo. Algo sobre cómo me siento, sobre cómo me afectan los personajes, y de paso tomar nota de cuánto de mí los va a afectar a ellos.

Con extrañar no me alcanza para recuperar algunas de las que fui y el tiempo pasa irremediablemente,  así que ahora, tendré que ocuparme de ser una que valga la pena  extrañar en unos años. 


Un día de febrero en la playa


Hoy el mar no estaba de humor. Se lo pasó revoleando gente sin importar ni edad ni género.

Quedaba claro que no había que intentarlo porque se salía herido o desnudo.

No obstante, hubo personas que entraban dispuestas a darle pelea. Vi familias enteras agarradas de la mano para hacerle frente. ¡Ja ja já eso era un festín para el enloquecido mar! Caían todos juntos.

Otras personas, más temerosas de los dioses, entraban como pidiendo permiso y al primer paso eran tumbadas en la arena. 

Por suerte yo, que tiendo a desubicarme y empeorar los malos humores haciéndome la graciosa,  me quedé en el molde, como decía mi papá. Me limité a mojarme un poco con las manos, actitud muy criticada toda la vida por mi mamá, que decía que eso lo hacían las viejas. Ya estoy vieja.

Mientras me reía para adentro viendo a todos los derrotados por Poseidón, pasaron frente a mí dos muchachos: uno llevaba un enorme trofeo, en cuya cima se alzaba una pelota de fútbol brillante; y el otro llevaba una bolsa con remeras de distintos clubes. Las remeras parecían firmadas por jugadores de fútbol y por cincuenta pesitos te prestaban la remera y el trofeo y con tu  celular te sacaban tres fotos.

En qué momento a alguien se le ocurre ese negocio. ¡Aplaudo de pie! Creo que con eso entendí realmente la famosa expresión "el ingenio argentino". Me dio no se qué, pero igual, bravo a esos pibes.

Luego del asombro saqué de mi mochila, como siempre repleta de cosas que nunca voy a usar, el libro que estaba leyendo. Me calcé los anteojos y me dispuse a continuar,  entonces, mientras leía y leía, de pronto oigo... chi chichichí chichichí, llegó la cumbia.

Una familia, detrás de mi silla, después de armar su carpa y acomodar sus pertenencias decidió musicalizar el día.

¡Pero por qué! ¡Me pregunto por qué! 

Como no hallé ninguna respuesta debo confesar que deseé que todos fueran al mar bailando reguetón y terminaran revolcados. Como no fueron, cerré el libro y lo guardé.

Mientras tanto, Pancha que es una atracción para niños y grandes, convocó a un nene amoroso que no paró de acariciarle la cabeza. El nene y Pancha atrajeron a otros dos niños y me vi rodeada por tres pequeños de nueve y diez años que le acariciaban la cabecita a Pancha. 

Me hablaban, se preguntaban sus nombres y también si tenían algún tío muerto,  todo, mientras la amasijaban a la perra, que se hartó y empezó a ladrarles y a tirárseles encima. 

Con la perra furiosa tratando de defenderse de tanto cariño, los nenes se pusieron eufóricos y todo se salió de control. Me tuve que ir.

Subí el médano con la perra excitada, mi mochilota, la sillita y los tres muchachitos que me seguían. Por suerte la arena quemaba y se detuvieron de modo que  el ascenso al médano fuera un poco menos complicado.

No obstante, uno de ellos que realmente era un amor me gritaba de lejos _en qué departamento estás!, ¡en qué departamento estás!.

Me dio pena y con la perra que seguía ladrando, la mochila pesadísima y la sillita giré sobre mí misma y le respondí_ ¡en ese! 

Y el nene insistía_ ¡pero en cuál! ¡En cuál!

_¡En ese que está ahí! Le grité sin señalar ninguno.

_¡Bueno, después voy a visitar a Pancha!

La arena empezó a quemarme mal y cargada como estaba, no quedó otra que correr hasta  la sombra de unos penachos con muy poca elegancia.

En fin, ahora pienso que es muy posible que todo se repita mañana.

domingo, 9 de agosto de 2020

La cortina y el viento

Anoche sentada en mi cama oía el silbido del viento y el canto de los carrillones.  La cortina se inflaba y se desinflaba apaciblemente. La tranquilidad hizo que pensara que por fin iba a dormir toda la noche, sin calor, ni frío, ni nada que perturbara mi sueño.

Cuando estaba decidida a acostarme, el viento empujó violentamente la cortina dentro de mi cuarto y al instante se la llevó hacia afuera dejándola como la capa de Superman en pleno vuelo.

Temiendo que se rompiera me levanté a cerrar la ventana, pero en ese preciso momento la cortina volvía a entrar con el envión de un huracán. 
No llegué a hacer nada, no pude esquivarla y quedé parada viendo cómo se me venía encima.  Al final, me alcanzó, me envolvió y quedé enrollada como si fuera una de esas momias voladoras que veo cuando subo a la terraza de noche.

El viento continuó haciendo entrar y salir la cortina, y a mí con ella. 

La perrita se despertó y empezó a ladrar enloquecida intentando subir, pero  por suerte le resultó imposible.

Con tanto alboroto se despertaron los vecinos, que poco a poco empezaron a  asomarse, mientras yo entraba y salía por mi ventana envuelta en la tela.

Hablando lo más rápido que pude, cuando me tocó estar del lado de afuera les grité: "Noseasusteeeeeennnn,soyyoquemeatrapolacortinaaaaaaa".

Gracias a Dios me entendieron, se quedaron tranquilos y aprovechamos para saludarnos, porque con esto de la cuarentena, no nos estamos cruzando ni en el ascensor.

Cada vez que en el ir y venir me tocaba estar del lado de afuera charlábamos un poquito de todo: de lo caras que están las cosas, del virus y por supuesto, del administrador del edificio, que siempre es tema.

Así pasaron como dos horas y mis vecinos, vencidos por el sueño, se fueron despidiendo de a poco.

Yo seguí volando con la cortina de acá para allá, de un lado al otro y con el vaivén, me quedé dormida.

Esta mañana amanecí sobre mi cama, despatarrada, con el pelo embrollado, sin los anteojos y con el estómago un poquitín revuelto.

Hoy voy a dormir en el sillón. No es que tenga miedo de que me atrape la cortina ni mucho menos, después del susto  resultó ser un  placer, pero alguien me denunció por incumplimiento del aislamiento social obligatorio y vallaron mi cuarto.


jueves, 6 de agosto de 2020

Aire Primaveral

Ayer fui a hacer un trámite. Caminé rápido porque era tarde, pero a los pocos minutos me rozó suavemente un aire primaveral y sentí un repentino deseo de caminar sin apuro, de sentarme a tomar un cafecito al sol y de tener un día romántico.

Nada de eso pasó: no dejé de apurarme, no tomé un café al sol y tampoco tuve un día romántico, pero me envolvió esa calidez primaveral ante la cual se rinden las tristezas.

Agradezco haber sentido ese airecito, que siempre es una promesa.


miércoles, 5 de agosto de 2020

¿Quién maneja los hilos?

—¡Quedate ahí! —dijo la voz.

—¡No quiero! 

—¡Te tenés que quedar ahí! —le ordenó. 

—¡Quiero ir al baño!

—¡No, quedate ahí! —le gritó.

—¡Te digo que quiero ir al baño, me estoy haciendo pis! 

No me quiero quedar acá no me quiero quedar acá mi vida es una mierda. ¿Por qué no me quieren en este lugar? Yo no les hice nada.

—¡Salí del baño! —ordenó la voz del otro lado de la puerta.

—¡Ya voy! 

La puta madre, me empapé. No me quiero quedar acá no me quiero quedar acá, ayúdame, no me quiero quedar no me voy a quedar no pueden obligarme, ¿no?

—¡Salí ya! — volvió a ordenar la voz por última vez.

¡Se quedaron con mis cosas! Me voy a ir a mi casa, no me importa si me agarra la policía, no me quiero quedar acá no me quiero quedar acá.

—¡Vamos! —dijeron muchas voces.

¡¡Nooooooo!  ¡Soltame! ¡Nooooo! ¡Soltame! ¡Soltame! ¡Ayyy!

Tu- tu- tu- tu 

Silencio.


Sobre Szymborska, a quien adoro






Sobre Szymborska. A la quien adoro

 

Encontré en Lecturas no obligatorias, de Wislawa Szymborska, un texto que se llama “Realidad y Ficción”.

Habla de Pitágoras y menciona una frase que le dijo a sus seguidores: "El sentimiento y la fe me hablan con más fuerza que el monóculo y el ojo del sabio".

Entonces, ella, Szymborska, se pregunta cómo puede existir esa alternativa si la ciencia, dentro de la cual está el monóculo, no podría existir sin la imaginación y la predisposición a indagar un misterio.

Y continuando con su argumento dice que la poesía tampoco puede quedar en uno de los dos bandos.

Pero en este texto de la escritora, hay un párrafo, un pequeño párrafo, que en mi opinión lo explica todo, sobre muchas cosas:

"Podemos imaginar perfectamente una antología universal que compile los más bellos poemas, entre los cuales tendría lugar el teorema de Pitágoras. ¿Por qué no? Posee esa capacidad de revelar que es propia de la gran poesía, una forma que se reduce magistralmente a las palabras más necesarias, y con una gracia que ni siquiera le es concedida a todos los poetas."

La poesía y el teorema comparten una misma facilidad, la de revelar un misterio. 

Szymborska habla de la poesía, pero yo creo que su prosa también es reveladora y eso se lee en sus textos.

En Lecturas no obligatorias, realiza reflexiones escritas en prosa de una manera maravillosamente poética.


Las Señoras

Dos señoras. Una tejía que tejía y cada tanto miraba, cual periscopio, el ingreso de gente y regresaba a su labor. Estaba sentada con las piernas abiertas y llegaba al piso como en puntas de pie. Tenía el cabello renegrido, voluminoso y con una curvita hacia arriba tipo años 50. Yo le daba cincuentilargos, pero tenía cuarenta y cinco. Estaba sola, sentada en una silla junto a una pequeña mesita y al lado, aunque medio de espaldas, estaba la segunda señora, gordita, también sentada con las piernas abiertas y seria, muy seria. Tenía cara de negra, cabello desteñido de rubio y canas, muy poco coqueta, setenta años. Miraba fijamente hacia el frente, con el mentón un poquito levantado. Estaba sola.

Me senté con ellas después de preguntar si la tercera silla de la mesita estaba vacía. Quería tanto sentarme ahí que me atreví a acercarme porque, aunque es raro compartir una mesa con desconocidos, yo quería ese lugar.

—Sí —me dijo la señora negrirubia. (María Luisa, aunque le dicen Mari.)  Corrió su bolso, y siguió mirando al frente. La otra, levantó la mirada del tejido y rapidito siguió tejiendo, como si no quisiera ser descubierta.

Les sonreí, exageradamente amable. Mari siguió mirando al frente, orgullosa, en posición de ataque.

Al cabo de un rato, pregunté si sabían a qué hora partíamos. Ambas me miraron fijo. Una, erguida con su peinado vintage y la otra, echada sobre sus muslos con las piernas abiertas. 

¡¡¡Mamita querida!!!, pensé. 

Mari me respondió, seria, y así, como quien no quiere la cosa habló de sus hijos, de cómo le compró un pasaje al más chico para que se fuera a España hace como doce años, porque una mañana salió de su cuarto una tal Noelia que le dijo: “Buenos días, me voy a preparar un café”,  y Mari, en ese momento no dijo nada, pero a la noche  esperó al más chico sentada en la mesa (seguramente en posición de ataque) y le dijo: “andá a luchar la vida y luchala lejos, para que no vuelvas a mí cuando la cosa se ponga difícil”.

Mari dijo que es viuda hace muchos años, que su hija es médica, que hace treinta y cinco años que vive en la Argentina, que cobra una miserable jubilación de mil setecientos pesos, pero que, si está mal el cálculo, ella no tiene tiempo para trámites, porque trabaja en un local doce horas por día, donde colocan fundas para autos y cubre coches.

Mari dijo que ella sabe todo en su trabajo, que todo pasa por ella, que abre a las seis de la mañana y es la última en irse, que tiene una estenosis en el corazón, o algo así, y hace seis años que no puede ir al médico porque, repitió, todo pasa por ella en el local de la calle Warnes; que al dueño no le importa nada, que detrás suyo hay una cola enorme de personas que quieren trabajar "y si no estás al ciento por ciento, entonces no servís", pero, enfatizó una vez más,  todo pasa por ella y hay mucha violencia. Dijo que el otro día un tipo que se estacionó mal, tapando la entrada del local  le dijo "vieja puta", que otro la zamarreó y que el dueño del local puso en marcha su Audi y se fue. Contó casi sin respirar, que sus padres ya no están y  que para la mamá era más importante la novela, que la nieve de un 9 de julio en Chacarita, ¡¡¡qué risa!!! Que una vez, guiada por el corazón lo dejó todo y se volvió a Uruguay a cuidarlos, y que hacía treinta años que nadie entraba al galpón; que le puso cerámicos y se gastó sus ahorros, pero volvió a Buenos Aires porque el dueño del local le dijo: “me cagaste Mari, tengo un pasaje a Europa y vos te fuiste”. Pero como la vida en Uruguay es difícil, porque te pagan cien dólares de jubilación cada tres meses y quiere que sus restos estén en su tierra,  vuelve cada tanto a cobrarlos para no perderlos y que cuando llegue la hora, que sea de un saque, con dignidad y sin darle trabajo a nadie.

Hablando de los hijos, la otra señora vive en Buenos Aires hace dieciocho años,  huyendo de un ex marido violento, que la largó con cinco pibes y sin un peso (uruguayo) pero gracias a Dios, los chicos le salieron todos bien, pese a que son  adolescentes y que a ella la menopausia le llegó a los cuarenta porque hace dieciocho años que no coge y eso le hizo "mal a las hormonas", pero tuvo tanto de qué ocuparse que no tuvo tiempo para pensar en eso (sexo) y nunca tuvo la necesidad.

Mari dijo que mejor estar sola, que a ella le dicen "pero Mari, con lo conversadora que sos,  para tomar un cafecito", pero el cafecito, se lo toma sola y que a ella la dejen en paz, porque trabaja rodeada de hombres y sabe bien que ahora, enseguida quieren el "aproush" y hablando de "aproush",  la otra señora dijo que cuando uno se quema con leche....pero que por suerte su hijo de diecisiete está en el último año del secundario y consiguió trabajo de bachero en Recoleta,  que a la dueña, que es una señora, parece que le cayó bien y que el lunes tiene que estar en la cafetería porque es educado y se expresa bien. Porque los jóvenes, dijo Mari, no sabe por qué, pero no quieren trabajar y no es por la plata eh .... porque no quieren lucharla o vaya a saberse.

De pronto,  la señora del peinado vintage, pasó del crochet, a tejer con dos agujas, pero a Mari no le gusta tejer, porque ella cocinaaaaaa, uffff,  no puede estar un día sin cocinarse algo, y no le da fiaca para nada; son esos pequeños placeres y puede que esté unos kilos arriba, pero bueh. Dijo que hace una lasagna que es como una torre de panqueques, con queso, jamón, verdura y sobre toooda esa torre le pone un estofado re natural, todo casero, con mucho "parmeyiano", y se prepara para ella sola un carré de cerdo con puré de manzanas …y para el cafecito hace una torta con crema que también bueh... Porque Mari contó que cuando llegó a la Argentina buscaba trabajo en escribanías, que se vino a que sus hijos estudien, porque ¿qué más puede darle uno a los  hijos sino estudio que te sirve acá y en la China? Mari siempre tiene un dicho para todo, dijo. Que como no consiguió ese trabajo se puso a cocinar tortas, una de manzanas....pero tienen que ser verdes, ojo!!!, lo que pasa es que tenía mucho trabajo con las tortas porque hay que comprar el papel para envolverlas y las cajas, y hay que pelar un cajón de manzanas eh....pero que entonces aparecieron las fábricas de tortas, todo con esencias, nada natural, pero costaban la mitad que sus tortas y se puso a laburar de cocinera en casas de familias porque cuando uno hace las cosas con amor y responsabilidad, trabajo nunca le va a faltar. Eso dijo Mari y la otra señora le dijo que tenía razón, "porque los uruguayos seremos muy tranquilos", pero ella trabajó día y noche y ahora cuando sale de trabajar camina unas cuadras para que se le vaya el dolor de cabeza que da la calefacción y ni hablar, dijo Mari, del frío que hace en España, porque cada tanto va a visitar al hijo que al final ¡¡¡cómo triunfó!!! y ahora le agradece que lo haya echado de la casa con un pasaje a España. "Ya estamos llegando", anunció Mari, mejor abrigate que hace frío y si necesitas algo para el auto tomá, te doy mi tarjeta. "Uy, yo no tengo, Mari”, “Ya me di cuenta",  respondió.

Tres señoras que son solas, en una pequeña mesita.

 


martes, 4 de agosto de 2020

Ordenar la Biblioteca

Si algo disfruto, pese a la fiaca inicial, es ordenar la biblioteca, porque se me llena en un instante la cabeza de historias, de palabras, de recuerdos. Es como repasar cada una de las novelas que leí, de las poesías... Esos libros, que no son tantos, tienen que ver con lo que soy, con lo que quise ser y con lo que no, y con lo que aun quiero ser...

Libritos viejísimos que amo.

Hay uno que es rarísimo. ¿Habrá otra persona en el mundo que lo tenga? Es uno de obras de teatro que nunca le devolví a la monja bibliotecaria de mi colegio. ¿¿¿Cómo se llamaba esa monja??? No recuerdo, pero me parece que el nombre era el de una flor, que no era Margarita. La Hermana... la Hermana... no me acuerdo. Bueno, es un librito español, cuyas hojas se están por extinguir, con unas obras de teatro espantosas. Hasta tiene dibujos de cada escena... es malo, pero cómo lo quiero, lo quiero tanto...  tiene que ver con lo que desde chica quería hacer.

Cuando tenía nueve o diez años, con mi hermana y mi amiga Paula hicimos una obra de teatro en el garaje de la casa de mis viejos. Cobramos como entrada la merienda, pusimos bancos y vinieron mis vecinos: Patricia y los melli, que hablaban todo cortado, la nieta, Sandrita, del señor de enfrente. A Sandrita, la abuela le había hecho los bucles con un "fierrito" caliente. También vino el hijo de Don Enrique: Ricardo. Bueno, no sé si estaba Ricardo, pero de pronto lo recordé. Era alto, altísimo y corría con unas piernas que medían como diez metros. Enrique, no el papá de Ricardo, otro, era uno lindo de la vuelta y tenía una hermana que se llama Marisel. Ella seguro vino, él no. No nos daba bolilla. ¡¡Qué genial ese día!!

Pasaron algunas cosas lindas en esa cuadra, un día, llenamos la calle de hojas, cubrimos toda toda la calle, casi la cuadra entera en una actividad que empezó lenta y terminó siendo frenética. Había que cubrirlo todo y pronto antes de que pasen todos los que dejaban las quintas de fin de semana. Me acuerdo que mi mamá y las mamás de otros nos miraban mientras charlaban en la puerta y que un auto, pasó despacito, despacito, para que no se nos volaran las hojas mientras gritábamos desesperados, saltábamos y nos reíamos como locos rogándole que no las haga volar.

Biblioteca, sí. Hay otro libro que adoro, chiquito. Recuerdo cuando lo compré y todo, el de Alfonsina: Antología Poética de Editorial Losada. ¡Mi amor! cómo la quiero. Cada tanto, hago siempre lo mismo: me siento en el sillón y leo las poesías en voz alta, como deben leerse. La leo sola, o frente a alguna víctima. 

En fin, me acuerdo la historia de cada libro, las dificultades que me plantearon o plantean, los subrayados y requetesubrayados que les hice. Eso de que los libros no se escriben no sé quién lo habrá dicho, pero no tiene fundamento para mí. Tengo libros que adentro guardan hojas de cuaderno escritas por mí, que son sagradas. Resúmenes seguramente, pero no se las puedo sacar.

¡Uy! Ordenar la biblioteca es genial, se me activan los recuerdos como cataratas, me emociona. Es casi como si me estuviera por morir, por eso que dicen que se te pasa toda tu vida por delante en un segundo.

Tengo un estante en la biblioteca de libros que no me gustaron.

Necesito un carpintero, hace dos años que busco uno. Mi biblioteca necesita otro estante y la quiero blanca. Tengo siete carpinteros en mi celular. Sólo dos me pasaron presupuesto, pero algo sucede, se esfuman; les digo que sí, que bueno, y nunca más me responden. Si alguien sabe de un carpintero se lo agradeceré; de paso, tendré otro motivo para ordenar la biblioteca.


Elogio de la ternura

Fotografía de Olga Tokarczuk


"Elogio a la ternura"

Cuando era muy chica escribía. Muy chica, a los 8 años.

Escribía dedicadamente sobre algo y después se lo daba a mi papá para que lo leyera. Nunca fue muy afecto a los halagos, pero esas redacciones le encantaban.

La fórmula era fácil: escribía cosas lindas sobre temas lindos, como la amistad o la música y luego mi papá me aplaudía.

Mi papá tenía la costumbre de aplaudir su alegría. 

Una vez le llevé mi redacción cuando estaba con un amigo y lejos de echarme la leyó en voz alta, muy orgulloso, y dijo que era muy tierno.

Recuerdo perfectamente dónde estaban parados mi papá y su amigo y dónde estaba yo, mirando y escuchando.

Anoche, leyendo sobre mujeres que ganaron un Premio Nobel, me topé con el discurso de aceptación de Olga Tokarczuk, cuyo título es “El narrador tierno”.

Lo leí con curiosidad por la palabra tierno. Y también por la palabra narrador.

Olga Tokarczuk cuenta que su madre le dijo que la extrañó, mucho antes de nacer y que esas palabras le dieron una fuerza que le duró toda su vida y explica:

"Porque elevó mi existencia más allá de la materialidad ordinaria. (...) Me dio algo que alguna vez se conoció como alma y me proporcionó el narrador más tierno del mundo."

El discurso de la escritora no tiene desperdicio, lo recomiendo.

Dice que escribe ficción, pero que nunca es pura fabricación. Que cuando escribe tiene que sentir todo dentro de ella y dejar que todos los seres vivos y los objetos la atraviesen, y entonces nombra la ternura.

Para mí la ternura es lo que se siente cuando algo te toca, te afecta, te atraviesa, como dice Olga Tokarczuk. Cuando una chispa te salta dentro y no te quema, te estremece.

La ternura fue el aplauso de mi papá y la primera vez que mi hija, apoyada sobre mi pecho, me miró a los ojos.

La autora dice que la ternura es el arte de compartir sentimientos y descubrir similitudes. Que es la forma más modesta del amor. Del amor que nadie jura ni cita, que no tiene emblemas ni símbolos.

Olga Tocarczuk dice que la ternura es espontánea y desinteresada y que es una profunda preocupación emocional por otro ser con fragilidad.

Que la ternura percibe los lazos que nos conectan y entre tantas otras cosas dice esta maravillosa frase:

 "Aparece donde miramos de cerca y con cuidado a otro ser o algo que no es nuestro yo."

Me generan una profunda ternura sus palabras.  Palabras que son palabras.

Los aplausos de mi papá siempre, siempre, me dieron ternura. No tuvo palabras para el amor, a veces tuvo aplausos.

La última vez que mi papá me fue a ver a una muestra de teatro, lo vi aplaudirme desde lejos. 

Sonreía, mientras golpeaba sus manos suavemente, con un gesto chiquito y cariñoso, íntimo y silencioso, exclusivamente para mí. 

Esa misma noche, cuando se iba caminando frágilmente por la vereda me invitó a su casa: "Venite cuando quieras", me dijo.

Esta mañana fui a comprar unas costillitas de cerdo. Están para cuando venga Delfi a comer la comida de su mamá, porque puede venir cuando quiera.


Un títere para cada cuento

Los otros días quise regalar mis títeres porque sólo están ahí, todos juntos y amuchados y sólo de vez en cuando los miro un rato o se los muestro a alguien. (Pobre el alguien de turno, no le debe interesar ni un poco.) 

Tampoco son una maravilla.  Son comunes y corrientes, comprados en distintas ferias de aquí y de allá.

La cosa fue que en el preciso momento en el que estaba dispuesta a llevárselos a unos niños, no pude.

Bajé el bolso del placard, saqué uno por uno y los vi.  Son tan lindos con sus vestiditos, tan graciosos y prometedores, que al final se quedaron en casa, porque un títere es la promesa de algo lindo. 

Hoy, paseando por la feria de la plaza de Olivos, mientras todos saludaban a mi perra vi un puesto de títeres.

¡Títeres de dedo!

La señora que los hace me contó, así porque sí, que fue directora de un jardín de infantes y que cuando se jubiló el médico le dijo que buscara qué hacer después de tantos años de trabajar y al final se le ocurrió hacer títeres.

Muy amable la titiritera, pero la recomendación de su médico debe haber sido por esa mirada tristona.

Me mostró cada uno de los personajes que creó y me explicó a qué cuento pertenecía cada uno.

En una bolsita de tul guarda los de una misma historia y ahí están los titerecitos, felices y contentos esperando que alguien los haga hablar.

Yo me compré un pequeña Frida.

Jubilarse puede ser una gran oportunidad.