Un pequeño paraguas detiene la lluvia,
pero no puede hacer nada frente al viento.
Cuando lo siente se echa hacia atrás,
no por cobarde, por sensible.
Un pequeño paraguas detiene la lluvia,
pero no puede hacer nada frente al viento.
Cuando lo siente se echa hacia atrás,
no por cobarde, por sensible.
Y si huele a tabaco, es porque fuma y tiene zapatillas coloradas
Y si canta en la noche, es porque tiene el alma hecha de fuego.
Cuando equivoca el camino, es porque anda
Cuando llama de a ratos, porque quiere.
Cuando imagina la noche, hay estrellas o llueve.
Ya no le importa la tierra, sólo, como dijo un poeta: "que se suelte y que vuele".
Que se la lleve el viento, y le invente otro nombre
Que lo diga gritando de vereda en vereda.
Y que ese aire la encienda
Voy a sumar todas las horas y a guardar lo necesario para andar por ahí. Voy a mirar y a escuchar.
Juntaré piedras deslucidas de las veredas o caracoles mínimos en alguna playa.
Leeré con anteojos que ven mejor y
respiraré hondo, tan hondo como pueda.
Lloraré por cansancio o porque me gusta o por alguna tristísima desilusión. Lloraré dramáticamente por todo.
Me sentiré felizmente libre, aunque a veces no quiera.
Completaré mi diario color verde Vaciaré lapiceras trazo grueso.
Dormiré poco, como siempre Sentiré miedo, como siempre
Prenderé un fuego enorme que ilumine y echaré en sus llamas, papas y batatas, como hacía mi abuelo.
Recordaré a mi padre
Sentiré culpa
Seré vaga
Seré inquieta
Eligiré muy bien y también pésimo.Diré mil veces que sí y veinte veces que no.
Me anotaré en cursos y en programas de vacunación.
Volveré a las clases de teatro sintiendo vértigo y un día entraré al tubo, uno que es mágico.
Una noche de otoño, errando, llegaré a mi cine preferido y miraré una película extraña, en una sala pequeña.
Me enojaré
y me olvidaré al instante.
Me quejaré
y me sabré bendecida.
Hablaré por horas y por metros.
Le contaré muchos cuentos a mis tías y será divertido.
Tomaré cafés que serán feos porque caerán algunas lágrimas trágicas sobre las tazas
Esperaré que me quieran, que me aplaudan, que me llamen, que me mimen.
Haré todo lo contrario.
Doblaré en una esquina y me perderé en un bosque lleno de pajaritos, que se meterán inmediatamente en mi cabeza.
Hoy se le enmarañó el pelo, de lejos se notaba.
Caminaba sin rostro ni espalda. Sin complejos.
Venía sin su piel, sin sus huesos.
No tenía piernas, no tenía cargas.
Paseaba desnuda y transparente: invisible.
Deambulaba sin un cuerpo que pesara y se acercaba despacio, sin apuro, sin mundo. Se acercaba sin nada.
Venía tarareando ninguna melodía.
De lejos se veía tan liviana…
A través de sus no capas proyectaba su mano en otra mano, en otra piel, en otra cara.
Vagaba sin temores, sin vergüenzas ni esperanza.
Sencillamente, una alma
Dos señoras. Una tejía que tejía y cada tanto miraba, cual periscopio, el ingreso de gente y regresaba a su labor. Estaba sentada con las piernas abiertas y llegaba al piso como en puntas de pie. Tenía el cabello renegrido, voluminoso y con una curvita hacia arriba tipo años 50, pero ella apenase tenía cuarenta y cinco. Estaba sola, sentada en una silla junto a una pequeña mesita y al lado, aunque medio de espaldas, estaba la segunda señora, gordita, también sentada con las piernas abiertas y seria, muy seria. Tenía cara de negra, cabello desteñido de rubio y canas, muy poco coqueta, setenta años. Miraba fijamente hacia el frente, con el mentón un poquito levantado. Estaba sola.
Me senté con ellas después de preguntar si la tercera silla de la mesita estaba vacía. Quería tanto sentarme ahí que me atreví a acercarme, aunque es raro compartir una mesa con desconocidos.
—Sí —me dijo la señora negrirubia. (María Luisa, aunque le dicen Mari.) Corrió su bolso, y siguió mirando al frente. La otra, levantó la mirada del tejido y rapidito siguió tejiendo, como si no quisiera ser descubierta.
Les sonreí, exageradamente amable. Mari siguió mirando al frente, en posición de ataque.
Al cabo de un rato, pregunté si sabían a qué hora partíamos. Ambas me miraron fijo, una, erguida con su peinado vintage y la otra, echada sobre sus muslos con las piernas abiertas.
¡¡¡Mamita querida!!!, pensé.
Mari me respondió, seria, y así, como quien no quiere la cosa habló de sus hijos, de cómo le compró un pasaje al más chico para que se fuera a España hace como doce años, porque una mañana salió de su cuarto una tal Noelia que le dijo: “Buenos días, me voy a preparar un café”, y Mari, en ese momento no dijo nada, pero a la noche esperó a su hijo sentada en la mesa (seguramente en posición de ataque) y le dijo: “andá a luchar la vida y luchala lejos, para que no vuelvas a mí cuando la cosa se ponga difícil”.
Mari dijo que es viuda hace muchos años, que su hija es médica, que hace treinta y cinco años que vive en la Argentina, que cobra una miserable jubilación de mil setecientos pesos, pero que, si está mal el cálculo, ella no tiene tiempo para trámites, porque trabaja en un local doce horas por día, donde colocan fundas para autos y cubre coches.
Mari dijo que ella sabe todo en su trabajo, que todo pasa por ella, que abre a las seis de la mañana y es la última en irse, que tiene una estenosis en el corazón, o algo así, y hace seis años que no puede ir al médico porque, repitió, todo pasa por ella en el local de la calle Warnes; que al dueño no le importa nada, que detrás suyo hay una cola enorme de personas que quieren trabajar "y si no estás al ciento por ciento, entonces no servís", pero, enfatizó una vez más, todo pasa por ella y hay mucha violencia. Dijo que el otro día un tipo que se estacionó mal, tapando la entrada del local le dijo "vieja puta", que otro la zamarreó y que el dueño del local puso en marcha su Audi y se fue. Contó casi sin respirar, que sus padres ya no están y que para la mamá era más importante la novela, que la nieve de un 9 de julio en Chacarita, ¡¡¡qué risa!!! Que una vez, guiada por el corazón lo dejó todo y se volvió a Uruguay a cuidarlos, y que hacía treinta años que nadie entraba al galpón; que le puso cerámicos y se gastó sus ahorros, pero volvió a Buenos Aires porque el dueño del local le dijo: “me cagaste Mari, tengo un pasaje a Europa y vos te fuiste”. Aclaró que la vida en Uruguay es difícil, porque te pagan cien dólares de jubilación cada tres meses y quiere que sus restos estén en su tierra, entonces tiene que volver cada tanto a cobrarlos para no perderlos y que cuando llegue la hora, que sea de un saque, con dignidad y sin darle trabajo a nadie.
Hablando de los hijos, la otra señora vive en Buenos Aires hace dieciocho años, huyendo de un ex marido violento, que la largó con cinco pibes y sin un peso (uruguayo) pero gracias a Dios, los chicos le salieron todos bien, pese a que son adolescentes y que a ella la menopausia le llegó a los cuarenta porque hace dieciocho años que no coge y eso le hizo "mal a las hormonas", pero tuvo tanto de qué ocuparse que no tuvo tiempo para pensar en eso (sexo) y nunca tuvo la necesidad.
Mari dijo que mejor estar sola, que a ella le dicen "pero Mari, con lo conversadora que sos, para tomar un cafecito", pero el cafecito, se lo toma sola y que a ella la dejen en paz, porque trabaja rodeada de hombres y sabe bien que ahora, enseguida quieren el "aproush" y hablando de "aproush", la otra señora dijo que cuando uno se quema con leche....pero que por suerte su hijo de diecisiete está en el último año del secundario y consiguió trabajo de bachero en Recoleta, que a la dueña, que es una mujer, parece que le cayó bien y que el lunes tiene que estar en la cafetería porque es educado y se expresa bien. Porque los jóvenes, dijo Mari, no sabe por qué, pero no quieren trabajar y no es por la plata eh .... porque no quieren lucharla o vaya a saberse.
De pronto, la señora del peinado vintage, pasó del crochet, a tejer con dos agujas, pero a Mari no le gusta tejer, pero cocinaaaaaa, uffff, no puede estar un día sin cocinarse algo, y no le da fiaca para nada; son esos pequeños placeres y puede que esté unos kilos arriba, pero bueh. Dijo que hace una lasagna que es como una torre de panqueques, con queso, jamón, verdura y sobre toooda esa torre le pone un estofado re natural, todo casero, con mucho "parmeyiano", y se prepara para ella sola un carré de cerdo con puré de manzanas …y para el cafecito hace una torta con crema que también bueh... Porque Mari contó que cuando llegó a la Argentina buscaba trabajo en escribanías, que se vino a que sus hijos estudien, porque ¿qué más puede darle uno a los hijos sino estudio, que te sirve acá y en la China? Mari dijo que siempre tiene un dicho para todo. Que como no consiguió ese trabajo se puso a cocinar tortas, una de manzanas....pero tienen que ser verdes, ojo!!!, lo que pasa es que tenía mucho trabajo con las tortas porque hay que comprar el papel para envolverlas y las cajas, y hay que pelar un cajón de manzanas eh....pero que entonces aparecieron las fábricas de tortas, todo con esencias, nada natural, pero costaban la mitad que sus tortas y se puso a laburar de cocinera en casas de familias porque cuando uno hace las cosas con amor y responsabilidad, trabajo nunca le va a faltar. Eso dijo Mari y la otra señora le dijo que tenía razón, "porque los uruguayos seremos muy tranquilos", pero ella trabajó día y noche y ahora cuando sale de trabajar camina unas cuadras para que se le vaya el dolor de cabeza que da la calefacción y ni hablar, dijo Mari, del frío que hace en España, porque cada tanto va a visitar al hijo que al final ¡¡¡cómo triunfó!!! y ahora le agradece que lo haya echado de la casa con un pasaje a España.
_Ya estamos llegando_ anunció Mari.
_Mejor abrigate que hace frío y si necesitas algo para el auto tomá, te doy mi tarjeta.
_¡Uy! yo no tengo Mari.
_Ya me di cuenta_
Tres señoras que son solas, en una pequeña mesita.
Hace noches que no duermo: o me desvelo o me despierto antes del amanecer
¿Es la inquietud del tiempo y la mirada perdida?
¿Es todo lo que no entiendo o es también el enojo?
Es la mentira, lo dispar.
Es la tristeza.
Es saber lo que tengo que hacer, pero no hacerlo.
Es cobardía.
Es la necesidad de estar viva todo el tiempo.
Es por aquello que resulta doloroso
Silenciosa, como el paquete de harina en mi alacena,
termino los días desatada en un sillón
conjeturando historias que se quiebran.
Paso mi tiempo entre letras y palabras inasibles,
y luego entiendo que en mi vida hubo muy pocas.
Siento, como el árbol que crece en una grieta,
que nada puedo hacer, porque es pasado.
Que me muero en la comparación, que absorbe todo: ideas, miradas, sentires y amores.
Y me hallo entonces en un río seco aunque le pase la lengua a las palabras de un prospecto médico o al mismísimo diccionario.
Sin ninguna razón me acordé de la calle Emilio Mitre. Una calle de la ciudad de Moreno que empieza en la estación de bomberos y termina en el puente que cruza el Río Reconquista. Nunca conocí el otro lado del puente, pero lo teníamos prohibido porque era el lado peligroso de la vida.
Esa calle era el camino más directo para ir a visitar a mi abuela Elena, pero además, yendo por ella se pasaba por una casa con forma de molino: "La casa-molino".
En ese momento la recordé perfectamente: era oscura, de madera y con enormes astas que se erguían en una calle que ni fu, ni fa; de una ciudad que ni fu ni fa.
La casa-molino era cónica, como son los molinos y eso siempre me generó una intriga enorme, porque no podía imaginar como se vivía entre esas paredes. Suponía a sus habitantes girando en redondo, todo el tiempo mareados, dando vueltas. Recordé que mi papá me había dicho que conocía a los dueños, y que la señora se había vuelto loca. Y claro, como para no estarlo, si se pasaba todos los días girando.
La casa- molino estaba cerca de la de un amigo de mi papá. No recuerdo su nombre, pero el apellido era Russo. Russo tenía dos hijas, una se llamaba Cecilia y yo la adoraba. Cecilia era más grande que yo y en su casa tenía un altillo. Un altillo con cuartos sólo destinados para jugar.
No sé si fui más de una vez, pero ese día, Cecilia y yo, y seguramente mi hermana, subimos una escalera y entramos a ese lugar maravilloso. Había muñecas, baúles con disfraces, camitas, cacharritos de cocina y ni un adulto.
La casa de los Russo estaban muy cerca de la del molino y durante muchos tiempo, cada vez que pasábamos en el auto por ahí, sentada detrás de mi papá, yo gritaba hasta quedarme sin voz pidíendole que doblara y me llevara a jugar a la casita. _"¡¡¡Doblá, doblá, doblá!!!"
Mi infancia: una suerte de capricho tras otro. Es que nunca fui una piedra, como dice un poeta. "Yo nunca seré una piedra, gritaré cuando haga falta"
Por suerte, con lo enojoso que era mi papá, recuerdo que a él le daba risa mi empecinamiento.
Año 2017
Quiero saber…¿Por qué tantas preguntas? ¿Por qué las dudas? Tu poesía es bella. Es amarilla, es roja, es azul.
Y tu puerta… ¿es de metal o de madera? Creo que tienes que dejarla abierta, yo, abriré la mía.
Es bueno mezclarse entre la gente. Sentémonos en una plaza, en un café… ¡caminemos!
Tú tienes una mirada necesaria. Vayamos y cuéntame qué ves.
Estoy segura que observas el silencio, y lo oscuro también.
Cerrar la puerta es encerrar los sentidos, y más allá, existen mundos a inventar.
Tú lenguaje canta, no te quedes. Recuerda el tiempo en que vagabas por ahí.
¡Abre tu puerta!
Encontrémonos afuera.
Enséñame a mirar.
Ceci Labate
(En un diálogo con Edgar Bayley!
Hay bosque porque hay árboles. Porque hay altos, porque hay densos y hay livianos.
Algunos, exasperantemente en orden, otros, en un tranquilo desorden.
Son la finita eternidad del tiempo que surge desde abajo de la tierra, sin planearse
Pero cuando llega la noche, hay un árbol, uno, que no sabe protegerse cuando lo cubre el frío de la helada.
Uno, infinitamente quieto que acelera sus venas cuando tiembla por dentro.
La inquietud de un árbol en invierno, que nunca podrá escaparse, aunque muera de miedo.
Porque es sólo un árbol en medio de un bosque y sólo eso.
A lo lejos, claroscuros.
Y el final será el mismo, casi el mismo.
Es el viento de altamar
El que deja que se pierda todo.
Y me enfrento cada vez a esas corrientes
Con una insistencia vana.
Estoy viendo cómo caen las palabras que temo,
como al frío, a la tristeza y al dolor.
Tengo miedo
No me doy el lujo de la valentía.
Quisiera volver a un cielo de arcoíris
A un tiempo mágico
A la calma arena
Al reflejo del sol.
con sus grises ocultos
entre mantas.
El dependiente movimiento de las cosas.
Y la vida se pasea por ahí, a veces.
Y lee un libro, a veces
O un cuento, una poesía.
Se alimenta, duerme, habla .
A veces duele,
A veces quiere
a veces: nada.
La vida contempla el dependiente movimiento de la cosas.
Todo la espera ¿Hacia dónde irá?
Simplemente está viendo la quietud y escuchando el oscuro silencio de la noche.
Y pensando en cuántas vidas hoy fueron tratadas como cosas,
lejos del blanco silencio de esa casa.
Quizá sea tiempo de susurros.
Imagino que con menos ruido
Podrán sonar notas más claras
Si caminamos con cuidado, seguro oiremos cómo crujen las hojas del otoño.
Quiero saber qué pasa de ese modo.
¿Estarán todos dispuestos?
Tal vez se escuche música, yo no prometo nada,
Pero un susurro, puede ser mejor que un trueno.
¿No sería original oír el ronroneo que hay debajo?
¿Nos querrá decir algo?
¿No querrá decir nada?
Bebamos otros sonidos, diferentes.
Me convenzo ante la idea de que sonará ese piano,
El que está sobre el sendero de los árboles ocres.
Y que cantarán los pájaros y el viento mecerá las ramas.
Mientras tanto, bailemos con zapatillas de pluma: ligeros, livianos.
Si acá en la tierra todo es tan fragoso
¿Será porque es así el mundo de lo humano?
Murmurar no es callar, es acunarse en una melodía.
Detrás del grito y de los ruidos y del eterno pasado
Vislumbro un mundo infinito de armonías.
Caminemos en puntas de pie
Tal vez podamos sentir los pequeños sonidos de la vida presente
Estar, aquí y ahora, escuchando, sintiendo, lo que nos rodea
¿No es acaso una buena idea?
Cecilia Labate
Octubre de 2020.
Vulnerables, esa es la palabra.
En mi cuarto queda siempre un espacio entre las cortinas, nunca cierro la ventana, ni siquiera en invierno.
Abro un ojo e inmediatamente me preparo el primer café con leche del día. Mi perra, Pancha, me acompaña: se sienta y espera, mientras me mira con sus enormes ojos negros. Quiere dormir un poco más.
Volvemos al cuarto, yo con mi café y ella con su sueño.
Es primavera. "...y otra vez primavera", como dice parte del título de la película de Kim Ki-Duk.
Vivir en un departamento: sólo un hilo de luz en la mañana, apenas ver la pequeñísima maceta en el alféizar de una ventana. Intuir un amanecer amarillo. Escuchar, porque es muy temprano, el canto de un "bicho feo", un pajarito enojado y a otros piando a lo lejos.
La chicharra de la barrera, como un rayo, anuncia que en segundos se oirá la bocina del tren.
Uno, dos, tres...la oí.
Buenos días!
Hoy es un día silencioso.
El silencio es hermoso,
pero los días silenciosos,
no lo son.
Todo parece estar apagado. Está apagado.
No hay ruido de motores. No hay motores.
No hay portazos, ni risas, ni gritos.
No hay música.
Cuando alguien muere
el día no habla ni se mueve.
Millones de seres y de máquinas
se aquietan, se detienen.
Los días silenciosos son calmos, pero tristes.
La pena,
también lo aplaca todo.
Y se extingue el sonido
cuando se siente miedo.
Y se pausan estruendos,
si se empieza a temblar.
Y todo se enmudece
cuando aparece un final.
Los días silenciosos
Son como una noche
insomne
Como el fondo del mar
Como la oscuridad.
No es algo que pueda descuidarse, ni que se pueda beber, ni lavar, ni arrugar.
No se usa para tomar sol, ni para salir a pasear.
No es bastón, ni almohadón, ni piedra, ni tacita.
Para usarlo, primero debe tomarlo con cuidado, pues es sumamente frágil, y después de contemplarlo colocarlo en un lugar seco y fresco, fuera del alcance de los niños.
No es una copa de cristal, ni un remedio.
Debe ocupar un lugar importante, pero escencialmente debe estar a su vista.
Es probable que recuerde muchas cosas si lo observa atentamente: tiene historia.
Si se acerca y mira con atención casi podrá sentir el alma del artista.
Olerá a minutas y a cafés con leche y seguramente también escuche el grito del mozo y su puño golpeando el mostrador.
Si pasa cerca de donde lo tiene guardado querrá mirarlo, pero se aconseja elegir los días apropiados.
Si usted se siente más o menos, ese día no caiga en la tentanción, porque puede que le produzca algún decaimiento con un poquito de ganas llorar.
Es poético.
Está lleno de detalles que lo emocionarán y puede ser que rememore a sus padres y a sus abuelos, o tal vez, a alguien en especial.
Mirarlo es como ver una vieja Buenos Aires y vaya a saber cuántas historias: hombres sentados tomándose un café abandonados a su suerte, otros devorando el plato del día con un miñóncito en una de las manos y la sección de empleos en la otra. Encuentros de prometidas felices luciendo su anillo, esa loca del barrio, que ocupa siempre el mismo lugar y tal vez tristes desencuentros
No es muy grande el dibujo, pero es inmenso.
Cada tanto, vale la pena tratar de sentir el olor de su papel y de la tinta y hasta acariciarlo, pero luego, por favor, con muchísimo esmero vuelva a guardarlo entre las hojas de un libro hasta que lo pueda enmarcar y colgarlo, con orgulloso, en un lugar especial
Manuela y su hija estaban sentadas en la galería. Era una tarde de octubre y el aire de primavera era muy agradable. Compartían unos mates en silencio, cada una en su mundo. Manuela escuchaba el barullo que hacían los pájaros al atardecer. Le encantaba ver el vuelo decidido de las palomas que saben a dónde van y para qué, a diferencia de otros pájaros que vuelan desordenadamente, girando y dando vueltas. En medio de ese éxtasis primaveral, su hija le preguntó, así, sin más, el nombre de su primer amor. Manuela se quedó mirándola por unos segundos, sonriente y le dijo que había sido un chico que se llamaba Juan y que lo había conocido sobre el final de su adolescencia. Eso fue lo único que Julieta quiso saber, porque no hizo más preguntas y se echó en una reposera con su celular.
El primer amor de Manuela estaba hecho de rulos que le caían sobre la cara y se movían, al ritmo de sus pasos, subiendo y bajando como si fueran resortes mágicos. Juan era rubio, no era muy lindo, pero era muy inteligente y simpático. Casi todo de él la había deslumbrado, pero sobre todo su andar suelto, su modo espontáneo de transitar la vida.
Juan vivía en una casa derruida, con un jardín que tenía el pasto tan alto que estaba a punto de transformarse en bosque. Eso también le había encantado: que él viviera libre de formalidades. Ella todavía cree que eso hace a las personas más interesantes y amables – en el sentido de que pueden ser amadas-
Manuela y Juan nunca fueron novios y todo lo que había imaginado con él, que no había sido poco, un día se deslizó por su cara sabiendo a mar. En ella, esa costumbre de llorar persiste, aunque a veces dice que llora de cansancio.
Juan permaneció en el recuerdo como su primer amor y la vida continuó dando vueltas y más vueltas, sobre todo, cuando intentando ser un poco más feliz, tuvo que rectificar algún camino. Manuela se casó, tuvo una hija, y se divorció.
Juan tenía una sonrisa muy dulce y una canchera inocencia. Fue un amor especial.
Lo había visto por primera vez un domingo a la tarde, en un bar que tenía el piso lleno de cáscaras de maníes. Maníes, que antes de crujir en el suelo estaban dentro de un barril. Había ido con sus dos mejores amigas: Natalia y Mariana.
El lugar se llamaba Reina Victoria y era una casa antigua ubicada al lado de la Municipalidad. Los domingos a la noche, en una pantalla gigante, proyectaban películas. Esa vez fue "Volver al Futuro". Juan también estaba con sus amigos y todos tenían algún sobrenombre: El Alemán, Pino, El Tano.
Como en el bar no había más gente que ellos, después de la película compartieron una mesa, tomaron algo y se divirtieron hasta que les avisaron que tenían que cerrar. A partir de ese encuentro se hicieron amigos, muy amigos, y hacían diferentes programas en grupo: iban al dique, al río, se juntaban a tomar mate y los domingos a Reina Victoria a ver alguna película.
Juan había sido su primer amor y también su mejor beso.
Ella no sabía bien qué hacer: era amiga de Juan, pero él era su amor. Se cuidaba de no dar señales de que le gustaba. En honor a su escrupulosa y muda educación en relación al sexo, al amor y a casi todo, se esforzaba por disimular, innecesariamente.
En algunas reuniones, Manuela lo miraba mientras se imaginaba que sólo tenía que ir caminando hacia él y besarlo: tan fácil como eso. Juan la trataba amorosamente, pero ella no sabía si esa actitud significaba un sentimiento especial hacia ella.
Una noche en el baile del club, durante los lentos, la sorprendió por detrás, la tomó de la mano y la llevó a la pista. Estaba feliz, nunca había estado tan próxima a sus rulos, ni a su piel, ni a su cuerpo. Se abrazó a él, para su sorpresa, sin pudor. Él solía conversar mucho, pero bailó en silencio.
Luego de un rato fue Juan quien la abrazó un poquito más y la miró. Casi habían dejado de bailar, se miraron de frente, cerca y se fueron acercando más, hasta que se dieron un beso, un beso perfecto. Uno tan lindo que durante muchísimos años fue el mejor de su vida. Manuela estaba tan contenta que en ese momento, el mundo desapareció. Con el tiempo supo que el mundo siempre desaparece en los instantes de felicidad.
Juan fue su primer amor, su beso perfecto, pero también el primer amor no correspondido.
A la semana siguiente, la escena del beso se repitió, casi de manera idéntica. Habían ido a bailar, Juan la tomó de la cintura y la alejó del grupo.
Bailaron y se volvieron a besar. Él no habló. Habían pasado de la amistad a besarse sin que mediara palabra, pero era tan lindo lo que estaba sucediendo que Manuela justificaba ese silencio en la confianza que se tenían. Lo cierto es que a ella no le salían las palabras. Años más tarde, Manuela seguía intentando hablar y no perderse así misma, como esos pájaritos que dan vueltas sin ton ni son.
Juan había sido su primer amor, su mejor beso y su primera desilusión.
A la semana siguiente ella y sus dos amigas fueron a la inauguración de un boliche nuevo, en otro pueblo. El lugar estaba lleno de gente que utilizaba cerveza para hacerse grandes jopos, se pintaba los labios de color negro y usaba largos spolverinos. Todos estaban vestidos así, inmersos en su propia oscuridad, como la banda The Cure.
Ellas se reían de los personajes que se iban cruzando mientras caminaban hacia la última pista. Mariana tuvo que regresar a la puerta a encontrarse con su hermana. Cuando volvió dijo, mirando a Manuela: no vayan hacia la puerta.
Bastó ver su cara de espanto para que le preguntaran el motivo, pero no hizo falta su respuesta, en ese momento, entre toda esa gente extraña, Manuela vio a Juan besando a una chica. A otra, que no era ella.
Se quedó mirando sin ver y con un inmediato malestar en el estómago. Todavía sufre ese dolor de panza cuando ve lo que no quiere ver. Manuela se puso a llorar y decidieron irse. Cuando salían, Juan la vio y cruzaron por un segundo la mirada, pero ella siguió caminando con sus amigas, que tampoco lo saludaron.
Él, que había sido su primer amor, su mejor beso, y su primera desilusión, también fue su primer “por qué”, de una larga lista de porqués en su relación con los hombres: Manuela no es paloma.
Al día siguiente de aquella noche, Juan fue a su casa en su ruidoso Mehari. Su papá lavaba el auto en la puerta -su auto estaba siempre pulcro- y le avisó que la buscaban.
Manuela bajó la escalera lentamente y con la pesadez de quien pasó toda la noche y el día llorando. No le importó nada tener los ojos hinchados y la nariz roja.
Se sentaron en la mesa del disciplinado y pulcro jardín de sus padres, ubicado en el fondo de su casa, que también era pulcra. Manuela no dijo ni una palabra, no le salían. Habló Juan.
Lo que le dijo, ella lo volvió a escuchar otras veces en su vida: que era linda, inteligente y simpática, pero que se había dado cuenta que seguía queriendo a esa chica, a ésa que había estado besando unas horas antes y bla bla bla y que ya habían sido novios.
Juan no dejó de ser su primer amor y su primer mejor beso, sin embargo, Manuela entendió que ella lo besó con amor y que él seguramente con destreza, porque los besos pueden ser riquísimos y no contener ni una pizca de ternura.
Ya se había hecho de noche y los pájaros estaban en sus nidos. Su hija le preguntó qué iban a cenar.
Manuela miró la hora, se levantó de la silla, recogió las cosas del mate y entró a la cocina entendiendo que ni ella había cambiado tanto, ni el mundo había cambiado tanto.
Cuadro: El beso de Klimt
Puede suceder que se humedezcan los ojos, porque sí.
Y que una mariposa se pose en la ventana, también porque sí.
Puede ocurrir que en una mesa roja sólo haya una copa.
Que no se escuchen ruidos y que la calidez sea parte de los sueños.
Puede pasar que una mirada descanse en una margarita o en la negrura del cielo.
Pero las ráfagas de viento que se sienten en la piel, nunca suceden porque sí.
Hoy es un día francés.
Amanecí recordando París y lo feliz que fui cada vez.
Sus veredas, los cafés, los hoteles en los que estuve, el metro, el "bonjour" cantado de las "boulangers", el aire, sus colores y todo lo que significaron esos viajes para mí.
París: hacer mi vida.
Comparto esta poesía porque es tan, pero tan bella....
El Amor Después del Amor (Dereck Walcott).
Llegará el tiempo
en que, con alegría
te saludarás a ti mismo al llegar
a tu propia puerta y tu propio espejo.
Cada cual sonreirá
ante la bienvenida del otro
Y dirá, siéntate aquí. Come.
Amarás otra vez
Al extraño que fuiste.
Dale vino, dale pan
Devuelve tu corazón
A ti mismo
Al extraño que te amó
Durante toda tu vida, a quien ignoraste, a quien te conoce de corazón.
Quita las cartas de amor de los estantes,
las fotos, las notas desesperadas
Arranca tu propia imagen del espejo
Siéntate. Celebra la vida.
Algo que había en la imagen y en su gesto
Y despues en las palabras
y en su escucha dispersa.
Al otro día y al otro.
Por su cabello revuelto
Y el color de sus ojos
Y por el nervio y su ritmo.
Al otro día y al otro.
Su pensamiento extendido
que se traduce en sus manos,
y en su manera de ver.
Al otro día y al otro.
Algo de su placer.
Algo del mío.
Algo que no será nunca.
Ni al otro día y ni en otros.
En la mesita del living hay un par de libros nuevos de Borges y uno más viejito, Otelo. Hay un cuaderno y una lapicera, la computadora y su cargador, el alcohol en gel y una taza de café.
Hay un ramo de flores blancas.
Sobre una silla, una campera y en otra, una cartera colorida.
Todas las luces están prendidas.
Cerca de la puerta, muy temprano, se derramó un poco de jabón y quedó ahí, olvidado. En la terraza, la ropa sigue colgada
Hay una hermosa caja en la cocina con un cartel de feliz cumpleaños, que tenía dentro innúmeras delicias.
En la cama sin hacer hay una bolsita con regalos preciosos: máscaras de belleza para el rostro, un pote de árnica llamado "Pare de Sufrir", un cuaderno para anotar ideas, una cajita con chocolates y una bomba de espuma del barrio Chino.
La mesada del baño está aún un poco más desordenada.
En mí están los saludos amorosos de gente querida, una torta que dice mi nombre y los maravillos deseos de mi hija: que durante este año ningún café me desilusione por estar quemado o aguado; que caminando por Palermo me encuentre con Cortázar y charlemos mientras tomamos algo; que consiga un novio bueno, inteligente y que hable francés; que me vuelva una gran escritora y que no trabaje tanto.
Debo decir que hace muchos años, cuando ella era muy chiquita y recién estaba aprendiendo a escribir me preguntó qué deseaba, yo le respondí, ella lo anotó en un pedacito de papel y me lo dio.
Ese deseo se cumplió y el papelito aún lo conservo, aunque casi no se ve la tinta.
Cuando me encuentre con Cortázar caminando por Palermo, me voy a sacar una foto con él, la voy a subir a las "redes" y además, si alguien quiere, le cuento cómo estuvo la charla.
Fue un muy feliz cumpleaños, lleno de deseos y paquetitos.
Un personaje le pregunta a otro, en la obra de Margulis "Cena con Amigos".
_ ¿No me extrañás a mí, a la que era?
Y como los personajes se meten en mi vida con toda mi autorización, de pronto me di cuenta que yo extraño horrores a la o a las fui. Diría más, en este momento no hago más que extrañarme.
Extraño a la que era de niña cuando armaba coreografías con canciones de María Elena Walsh para las visitas.
A la que se enamoraba, algunas veces en la vida, que no fueron muchas.
Extraño a la que era súper divertida, porque era súper divertida.
A la que tenía tiempo cada día y tenía mucho más tiempo por delante.
También extraño muchísimo a la que era cuando sólo sentía calor en verano.
A la que podía ser, cuando estaba súper flaca. Súper flaca, soy otra, definitivamente.
A la era, cuando descreía menos
A todas esas y seguramente a algunas más que fui, pero que quede claro que no extraño para nada a otras, que prefiero olvidar.
Estoy tan, no sé cómo decirlo, extrañadora, que recién me di cuenta que no tengo mucha idea de quién estoy siendo ahora como para recordarla algún día.
Sé que no puedo recuperar algunas de las que fui y el tiempo pasa irremediablemente, así que ahora, tendré que ocuparme de ser una que valga la pena extrañar en unos años.
Hoy el mar no estaba de humor. Se lo pasó revoleando gente sin importar ni edad ni género.
Quedaba claro que no había que intentarlo porque se salía herido o desnudo.
No obstante, hubo personas que entraban dispuestas a darle pelea. Vi familias enteras agarradas de la mano para hacerle frente. ¡Ja ja já eso era un festín para el enloquecido mar! Caían todos juntos.
Otras personas, más temerosas de los dioses, entraban como pidiendo permiso y al primer paso eran tumbadas en la arena.
Por suerte yo, que tiendo a desubicarme y empeorar los malos humores haciéndome la graciosa, me quedé en el molde, como decía mi papá. Me limité a mojarme un poco con las manos, actitud muy criticada toda la vida por mi mamá, que decía que eso lo hacían las viejas. Ya estoy vieja.
Mientras me reía para adentro viendo a todos los derrotados por Poseidón, pasaron frente a mí dos muchachos: uno llevaba un enorme trofeo, en cuya cima se alzaba una pelota de fútbol brillante; y el otro llevaba una bolsa con remeras de distintos clubes. Las remeras parecían firmadas por jugadores de fútbol y por cincuenta pesitos te prestaban la remera y el trofeo y con tu celular te sacaban tres fotos.
En qué momento a alguien se le ocurre ese negocio. ¡Aplaudo de pie! Creo que con eso entendí realmente la famosa expresión "el ingenio argentino". Me dio no se qué, pero igual, bravo a esos pibes.
Luego del asombro saqué de mi mochila, como siempre repleta de cosas que nunca voy a usar, el libro que estaba leyendo. Me calcé los anteojos y me dispuse a continuar, entonces, mientras leía y leía, de pronto oigo... chi chichichí chichichí, llegó la cumbia.
Una familia, detrás de mi silla, después de armar su carpa y acomodar sus pertenencias decidió musicalizar el día.
¡Pero por qué! ¡Me pregunto por qué!
Como no hallé ninguna respuesta debo confesar que deseé que todos fueran al mar bailando reguetón y terminaran revolcados. Como no fueron, cerré el libro y lo guardé.
Mientras tanto, Pancha que es una atracción para niños y grandes, convocó a un nene amoroso que no paró de acariciarle la cabeza. El nene y Pancha atrajeron a otros dos niños y me vi rodeada por tres pequeños de nueve y diez años que le acariciaban la cabecita a Pancha.
Me hablaban, se preguntaban sus nombres y también si tenían algún tío muerto, todo, mientras la amasijaban a la perra, que se hartó y empezó a ladrarles y a tirárseles encima.
Con la perra furiosa tratando de defenderse de tanto cariño, los nenes se pusieron eufóricos y todo se salió de control. Me tuve que ir.
Subí el médano con la perra excitada, mi mochilota, la sillita y los tres muchachitos que me seguían. Por suerte la arena quemaba y se detuvieron de modo que el ascenso al médano fuera un poco menos complicado.
No obstante, uno de ellos que realmente era un amor me gritaba de lejos _en qué departamento estás!, ¡en qué departamento estás!.
Me dio pena y con la perra que seguía ladrando, la mochila pesadísima y la sillita giré sobre mí misma y le respondí_ ¡en ese!
Y el nene insistía_ ¡pero en cuál! ¡En cuál!
_¡En ese que está ahí! Le grité sin señalar ninguno.
_¡Bueno, después voy a visitar a Pancha!
La arena empezó a quemarme mal y cargada como estaba, no quedó otra que correr hasta la sombra de unos penachos con muy poca elegancia.
En fin, ahora pienso que es muy posible que todo se repita mañana.